Deprisa y mal

Hoy toca reseña. Y tengo varios libros para reseñar. Algunos excelentes. Otros no. Tengo por ahí un Premio Herralde que dejé en las primeras páginas por un error (en la segunda) y una incoherencia (en la quinta). Un Premio Herralde con más de treinta ediciones a sus espaldas. ¿Es que nadie se ha dado cuenta? ¿Acaso la autora no lee su libro una vez publicado? No puedes dejar un sí sin tildar en la segunda página. No puedes perder la coherencia en la quinta página.

Hoy toca reseña, pero no tengo ganas. Lo que me apetece es escribir lo que me salga. Aunque ya lo he dicho muchas veces, creo que no está de más repetirlo. El nivel lector está por los suelos. Otra vez: el nivel lector está por los suelos. Los lectores críticos son cosa de otros tiempos. Se lee como se vive, deprisa y mal. A nadie le interesa la sintaxis. A nadie le interesa la precisión. A nadie le interesa la literatura. Lo único que interesa son los crímenes y lo histórico supuestamente documentado (si el lector no está documentado, ¿cómo va a saber si lo está el autor?».

«La lectura del crítico está obligada a ser honesta, pero no desde un punto de vista moral —cada uno es libre de escoger el infierno que prefiera—, sino desde el punto de vista que la propia operación de leer exige a quien va a interferir sobre la lectura que una comunidad va a hacer de sí misma. Se trata en consecuencia de una honestidad intelectual y de una honestidad política. La crítica exige ese mínimo nivel de honestidad. Por debajo sólo hay publicidad o adulación».

Así hablaba Constantino Bértolo en La cena de los notables hace ya casi veinte años, y hoy, por desgracia, todo es publicidad o adulación. Vale, el que escribe sí procura ser honesto, pero el que escribe no cuenta porque sus críticas no tienen la repercusión necesaria. 

«Mejor que no escribas sobre ese Premio Herralde, que ya te has cerrado bastantes puertas», me dice mi novia. «Pues no sé si los que mueven los hilos me leen», replico. «Por si acaso», zanja.   

Hoy tocaba reseña. ¡Cuántas reseñas se escriben hoy día! El pudor es cosa de otros tiempos. Hay reseñas por ahí que dicen cosas como «no he empatizado con el protagonista» o «no explica lo suficiente» o «no ha sido para mí» o «cada lector tiene sus gustos» o «no he entendido el libro» o «la historia es rara».

A ver, oiga, ¿usted es consciente de que está haciendo crítica? Porque supongo que no pretenderá empatizar con todos los protagonistas ―ni falta que hace― y supongo también que está preparado para escribir su parte ―y así explicarse lo que el autor no explica.

A ver, oiga, ¿cómo que no es para usted? ―¿para quién entonces?― y ¿de qué gustos me habla? ―está usted haciendo crítica, no eligiendo un helado―, y ¿cómo se atreve a decir que no ha entendido el libro? ―diga, en todo caso, que el libro no hay quien lo entienda.

Y, oiga, si la historia es rara, aleluya, que de historias vulgares estamos servidos.

Foto: cottonbro studio (Pexels)

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