Cuento «Si Dios existe, ¿por qué ocurren tragedias?» por Santiago Orduña (UAM-I)

Cuento seleccionado de nuestra convocatoria exclusiva para estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (UAM-I), en la Ciudad de México.

 

De niño, ansiaba romperme una pierna, un diente o lo que fuera. También por aquellas fechas comenzó a germinar mi deseo de mentarle la madre a Dios.

Yo tenía siete años cuando mi prima Nadia vino desde San Luis Potosí a la Ciudad de México para presentar el examen de admisión a la licenciatura en Enfermería. Recuerdo muy bien aquel domingo, después de tres horas de espera, cuando Nadia por fin salió del examen. Estaba llorando. Lloraba de nervios, de ansiedad, de incertidumbre. Lloraba tan fuerte que le sangraba la nariz. Creo que, en ese momento, me enamoré de ella.

Dos meses después, Nadia se convirtió en la primera persona de mi familia en ser admitida por la UNAM, y se vino a vivir a la Ciudad de México con mis padres y conmigo.

Nadia casi nunca salía de la habitación que mis padres le habían adaptado. Siempre estaba estudiando, todo el día y gran parte de la noche. Sólo podía platicar con ella a la hora de la comida.

Al principio fue extraño. Nadia rezaba antes de comer. Tenía este pequeño ritual de cerrar los ojos y murmurar: “Te damos gracias, Señor, por estos alimentos que de tu bondad vamos a tomar. Amén”. Por ella comencé a creer en Dios.

Le doy vueltas al asunto y siempre llego a la misma conclusión: dudo que Nadia, en ese entonces, haya sido lesbiana, como lo es ahora. Lo sé porque tenía un póster en su cuarto, de Leonardo DiCaprio.

Un día, por accidente, me corté la mano con un cristal roto. Fue maravilloso. En serio lo fue. Mi madre llamó a Nadia, y ella, como buena estudiante de enfermería, se encargó de cuidarme. Desde ese día, me aseguré de sufrir por lo menos dos accidentes a la semana para garantizarme su atención.

Una vez logré que un carro me atropellara. Supongo que el dios de Nadia me cuidó, pues sólo me disloqué el hombro izquierdo. Me parece que Nadia sentía la obligación de cuidarme porque vivía en mi casa, sin pagar alquiler. Entonces trataba de retribuirles a mis padres con otros medios: cocinando, trapeando la casa, cuidándome cuando sufría mis accidentes, bañando a Terry (nuestra perra) y un larguísimo, larguísimo etcétera.

Nadia, gracias a su aspecto físico, se volvió popular en la colonia. Era la “potosina de ojos verdes”. Mi padre diario hacía un comentario del tipo: “Nadia es la única de la familia, además de la tía Raquel, que no sacó los ojos corrientes cafés que todos tenemos”. En ese momento, siendo un niño, no lo vi claramente. Ahora, con 25 años recién cumplidos, viendo las fotos de Nadia de aquella época, puedo percatarme de que ella era peligrosamente atractiva.

En estos tiempos feministas, el recuerdo de Nadia me tortura más que antes. El acoso sexual, la violencia contra las mujeres, el reciente asesinato de una mujer en Ciudad Universitaria. Todo eso me jode y hace que Nadia se me aparezca.

Cuando Nadia cursaba el tercer año de la licenciatura, un taxista hijo de puta la atacó. Esa noche yo estaba viendo la televisión mientras comía palomitas; Terry estaba echada a mi lado, roncando. De pronto, escuché que alguien golpeaba la puerta de entrada. Eran golpes tímidos, pausados y breves, como súplicas. Jamás pensé que podría ser Nadia, pues ella tenía llaves de la casa; sin embargo, Terry saltó del sillón y corrió hacia la puerta, en señal de reconocimiento. “¿Quién es?”, pregunté. La respuesta sonó ahogada y distante: “Nadia”. Abrí la puerta y entonces la vi allí, a quien yo más amaba, con la blusa desgarrada, los moretones en el cuello, el brasier en la mano, las lágrimas, y la sangre saliéndole de la nariz.

Cuatro días después Nadia se dio de baja en la universidad y regresó a San Luis Potosí. No he vuelto a verla desde entonces.

A veces mi madre, sin saber lo que desentierra en mí, me pregunta: “¿Y cómo está Nadia?”. Soy amigo de Nadia en Facebook; así me enteré de que ahora vive con una mujer, su esposa. No he podido decírselo a mi madre: tiene demasiados prejuicios en contra de los homosexuales.

Intuyo que Nadia, lo que le pasó, y lo que viví con ella, hicieron la persona que ahora soy. Nadia me leía a Ray Bradbury. Y también fue la primera en leer mis cuentos precoces.

Cuando Nadia se marchó de la Ciudad de México, comencé a culpar a Dios. El desgraciado había evitado que un carro me matara; sin embargo, había dejado que Nadia se subiera en aquel taxi. Ahora soy hipócrita. Niego la existencia de Dios. Pero la verdad es que a veces le pido ayuda. Cuando acompañaba a mi novia a su casa, debíamos tomar, en la noche, un camión. Casi siempre éramos los únicos en aquel asqueroso camión. Era de lo peor. Mi novia iba platicándome, feliz, sobre sus gatos, sus asignaturas de la escuela, sus amigas. Pero yo no podía dejar de imaginar qué pasaría si de la nada, en medio de la noche, se subieran tres tipos con pistola, me bajaran a golpes del camión y se alejaran llevándose a mi novia con ellos.

Sí, soy hipócrita. Lo reconozco. Odio a Dios. Lo insulto fuertemente cuando me emborracho. Pero en esos momentos, como cuando estás solo con tu novia, a las diez de la noche, en un camión que se dirige al Estado de México, lo único que puedes hacer es cerrar los ojos y murmurar: “Por favor, Señor, por favor; no dejes que suceda una tragedia, por favor”.