Cuento «More-fine. Un antídoto» por Iliana Hernández Arce

Sufres gozas amas rabias besas ríes.

Frida Kahlo

Yo era un triste cuadro colgado en una pared azul cobalto, la vida me trascurría: plana, con el torso desnudo de la cintura para arriba; sin perico, gato o chimpancé que me acompañara. Me llamaban: La columna rota -como la imagen de mi cuerpo-. Pasé, no sé cuánto tiempo en aquella casa, todo ahí era solemne menos el azul de las paredes. Me habría lanzado al vacío si no hubiera encontrado la manera de desordenar la vida y protestar contra el cautiverio. Esa era mi lógica aunque no quería tener lógica sabiendo que las posibilidades en la vida son infinitas. Entonces como una protesta contra todo, empuñé un pincel me di a la fervorosa tarea de pintar, trazo tras trazo, días y noches, contra todo descanso; con ánimo de contradecir, golpear miradas asustadizas. Los colores intensos brotaban de mis manos hechas de pintura, así me nacieron cincuenta y cuatro oleos con los rostros de mí, todos llenos de dolor y sangre; cada uno o mejor dicho, una… era un poema agónico. Los cuadros se fueron acumulando en las paredes, todas lanzando la mirada fija en algún espectador figurado.

Del goteo de pinturas que caía sobre la cama, nació una mujer idéntica a mí, con la columna rota y una golondrina con las alas abiertas en medio de los ojos. Como cualquier Eva que recién comió su manzana, sintió vergüenza, pero no de su desnudez sino de la horrible columna rota que dejaba su corazón a la intemperie, le llegó la pena ruidosamente, ella, a diferencia de nosotras, sí podía sentir en su cuerpo, todo nuestro dolor acumulado, aquello era insufrible. Todas las Fridas nos sentimos profundamente conmovidas, entonces decidimos darle un baño con polvo de oro para que brillara siempre por dentro y por fuera.

Para cubrir la fea columna, se vistió como una diosa Azteca: huipil con listones solferinos, holanes infinitos, cascabeles en manos y pies, en el pecho un pectoral para soportar las flechas dirigidas al corazón. Como toque final a su arreglo, trenzó su pelo, lo enredó en su cabeza como una corona y lo llenó de flores. Sonriente dejó la habitación pero enseguida regresó, había olvidado lo más importante, un rebozo. Se cubrió con él, para sentir menos dolor. Porque rebozo quiere decir abrazo. Entonces partió a la vida.

Unas horas después regresó casada, desde entonces la vida nos transcurrió entre la ‘rotedad’, el amor, la pintura y otros desgarros. Entre esto y aquello, pronto olvidamos quien dio vida a quien, ya no importaba, éramos las Fridas, muchos rostros para dibujar una sola historia.

Desde ese día la cama donde nació, fue escribiendo historias de amor, esa cama-roca fue agitación de almas pegajosas, vaivén de locura remando entre olas y olas de cuerpos salobres, frenéticos: conjugados en femenino y masculino; olas palpitantes como tierra; fusión de aguas, mares, ríos. Hasta que un día el cuerpo de Frida se rompió en un solo grito.

El dolor no le cerró los ojos, de él tomó fuerza para escribir en el cuerpo versos sustentados con sangre, ríos de dolor cósmico en el que flotaron todos sus mundos: columna rota, pierna rota, amor roto, cuchillo roto clavado en el centro de su ser. En los días más insoportables le dio por volar, escaparse hasta las nubes, por los aires de rojo y purpurina, para abandonar por un instante, todo el dolor en la cama. Nadie, ni nosotras pensamos que su vuelo sería tan fugaz. Entre más dolor sentía Frida, más sangraban los cuadros, algunos hilos de sangre llegaron a escaparse por el azul de las paredes.

Una noche, en la casa-cielo llovió morfina. Un antídoto contra el dolor. A Frida se le dibujaron ondas en las manos, le salían delirios desafinados de las mangas, las caderas se abrían paso entre las faldas de terciopelo, el ruido yacía indolente tendido en un rincón. Ella se despidió de nosotras con un vaivén de mano, pero sonriente.

En la mañana, cuando vinieron a ordenar la habitación supimos que en el crematorio, Frida se sentó para despedirse sin prisa de sus amores, llevaba una estrella sol enredada en el pelo. Mientras se alejaba, Chavela le cantó Luz de luna.

 

 

Semblanza:

Iliana Hernández Arce. Nació en Guadalajara, Jalisco. Licenciada en Psicología. Maestra en Terapia psicoanalítica. Maestría en letras de Jalisco por la Secretaría de Cultura del Estado. Estudió en SOGEM. Ha participado en las antologías de Poesía y cuento: Osadía (2011); Caleidoscopio (2011); Arrebato (2012) y en las revistas: Gaceta de la Universidad de Guadalajara, Deseo de la Asociación Psicoanalítica de Guadalajara y Letrambulario. Con el libro de cuentos Suicidario (al cual pertenece More fine) ganó la Beca 2013 del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco. Docente en Sogem, Coordinadora del Taller de Poesía Calle de Cervantes, Conductora del programa de radio Poesía on the rock, C7 Jalisco radio.