Cuento «Mar muerto» por Franco García

—Pa, ya me quiero ir. No hay nadie.

—Aguántame, hijo. 

—Tengo sed. Hace mucha calor. Hace más aquí que allá.

—Ya sé. Yo también tengo una sed de perro. No deben tardar en llegar. 

—Pero es que ni siquiera hay muchos lugares para taparnos del sol. 

—Tenga mi camisa, póngasela en la cabeza. 

—¿Y van a tardar mucho?

—No, me dijeron que aquí llegarían, que los esperáramos.

—Llámeles. 

—Pero aquí no hay señal, entienda. Péreme pues, a ver si agarra el cel.

—Sí, pa. Es que ya no aguanto. 

—No agarra la señal. Mientras haga así con la boca, como que jala aire y luego como que mastica algo para hacer saliva. 

—¿Cómo? ¿Así?

—Sí, ándele. Eso le calmara un poco la sed. 

—Ya, pero como que no me sale mucha. ¿No queda nada de agua en las botellas?

—Nada. 

—¡Allá se ve algo, pa! 

—¿Dónde?

—¡Allá, mire!

—No alcanzo a ver bien. Seguro es un animal. Sientes, está corriendo un poco de aire, eso nos refrescará. 

—No era nadie, fue el polvo que se levantó. Hágase para acá, siéntese conmigo para que se tape la cabeza. 

—Orita, hijo. Ya no deben tardar en llegar. 

—Oiga, pa, ¿por aquí salen culebras?

—Sí, pero orita no piense en eso. 

—Una vez la maestra me dijo que en el desierto hay muchas culebras venenosas, que dicen que viven abajo de las piedras o en la arena. Que eso las tiene frescas. ¿Será verdá?

—No lo sé, hijo. 

—No he visto ninguna. También me contó que hay muchos escorpiones, y matan. Mi amigo Pedro me dijo que una vez el vio uno, que le salió en el monte cuando iba con su mamá por la leña. Por poco y le pica en el pie pero le alcanzó dar con un palo. ¿A ti te ha picado uno?

—No, gracias a Dios no. 

—Mi abuelo me dijo que a él sí. 

—Pero era alacrán. 

—Ah. ¿Y cómo se curó?

—Lo llevamos al centro de salud. Le pusieron suero y ya. 

—Ah. Debe doler mucho.

—Sí. ¡Ta madre, no vienen!

—No pues. Ya me quiero ir. Me siento muy cansado.

—Aguántese un rato más, hijo. 

—Sí, pa. Oiga, pa, el otro día vi que una vaca de don Nando sacaba mucha baba y estaba tirada a medio camino, rumbo a la presa. Sergio y yo le empezamos a tirar piedras para que se levantara. Después llegó doña Luci y nos dijo que no se las aventáramos, que le había picado el alacrán. También dijo que se iba a enojar mucho don Nando, porque se iba a quedar sin leche. Ay, leche, se me antojó. ¿A usted no?

—No… digo sí. Pero orita no piense en eso. Piense que ya nos vamos a ir. 

—Sí, pa. Siéntese conmigo, pues.

—Ora, pues, hágase para allá. 

—Y cuando crucemos, ¿vas a ganar mucho dinero?

—Sí.

—Allá vive mi tío Miguel, ¿verdá?

—Ajá. 

—Ya lo quiero ver, y jugar con mis primos. No los conozco en persona pero en las fotos se ven bien buenos. Ese Lalo se ve más alto que Alex, y eso que Alex es el mayor.

—Ajá. 

—¿Y tú jugabas mucho con mi tío Miguel?

—Sí.

—¿Nunca les picó un alacrán?

—No. 

—¿Y se iban al monte con mi abuelo?

—Sí. 

—Pa, quiero hacer pipí.

—Pues haz. No, espera. Ya sé: orínese adentro de la botella.

—¿Para qué?

—Para tomarnos los meados.

—¡Guácala! No, pa. 

—¡Es para quitarnos la sed, entienda! Estos cabrones todavía no llegan. Se va a hacer de noche y nos va a ir de la chingada. 

—Ta bueno.  Pa, ¿es cierto que en el desierto hay mucha arena porque antes existió un mar? Eso nos contó la maestra. 

—A lo mejor, no sé. 

—¿Usted ha ido a Acapulco?

—Una vez, pero fue hace mucho. Era un pilcate.

—Debe ser bien bonito. ¿Y comió pescado?

—Sí, pero ya se me olvidó su sabor. 

—¿Cree que por acá lo comamos?

—Puede ser. 

—Pa.

—¿Qué, hijo? ¡¿Qué?!

—Tengo sueño. En serio. En lo que llegan por nosotros cerraré los ojos un ratito. Imaginaré que estoy en el mar, acostado en la arena y que las olas mojan mis pies.


Semblanza

Franco García (Guerrero, México). Economista por la UNAM. Ha publicado en diversas revistas electrónicas e impresas. Parte de su obra ha aparecido en antologías de minificciones y cuentos.