Cuento «Los zapatos de Chan» por Miguel Morán

La fiesta está en todas las calles, pero existen algunas huérfanas, que aún no se enteran de la verbena. Dicen que la muerte no tiene sabor, pero nuestra garganta parece acariciarla todos los días, desde el día que cerró la fábrica; ojalá los ángeles bajen y ayuden a los desocupados.

Hoy vuelvo a deambular, con la esperanza de encontrar algo, pero en este abismo ni siquiera sé qué busco; lo que aparecieron fueron migajas, unas cuantas monedas por un par de periódicos. La avenida parece dormir junto con sus olores de pólvora y sus montañas de desperdicios; sus campanas de la misa dominical anuncian el festival, hablando de las maravillas del cielo.

Pero, el cielo parió, ¿a un ángel o desterró a un demonio?, ni los propios feligreses se ponen de acuerdo. No sabemos de dónde vino, pero su alma se encuentra en la calle número 35 de la colonia Arteaga; es lo perdido, lo olvidado y lo que sobra, es la carta de la injusticia, la resistencia hecha hombre que aún no despierta.

Es el que te saluda, con el rostro roto, quebrado como su atuendo; está lleno de sueños y de hambre. Siempre escondido entre los periódicos a un costado de la joyería, junto a su caja de bolear zapatos. Es el lazarillo de los confundidos, el guía de la ciudad; todo lo arregla con una sonrisa y una historia.

Solo, como de costumbre, mirando en el cristal, su reflejo se ahogaba de nostalgia, su rostro gritaba.

—Parece que será un día lluvioso —dije.

Chan, iluminándose, describió cómo añora la lluvia; entusiasta, le encantaba cerrar un poco los ojos, ya que parecía que las gotas que tocaban su cabeza eran copos de nieve.

—Se acerca Navidad, ¿estás emocionado, Chan?

—Sí, un poco, me encantan las luces.

—Solo eso, creí que esperabas los regalos.

—¿Regalos?, ¿por qué me darían regalos?

—Por ser un buen niño, por parte de Santa Claus.

—¿Quién?, no lo conozco.

—Parece inaudito que alguien desconozca la existencia de Santa Claus; es el alma de Navidad, está en todos lados. Solo observa a tu costado, mira esa publicidad, sonriente mientras toma su bebida con su hermoso traje rojo.

—Ni siquiera sé si lo soy.

—Todos tenemos algo de chispa de bondad, algunos con un porcentaje menor, pero no se olvida de nadie.

—Él luce muy dulce, pero no entiendo.

—¿Qué no entiendes?

—Su ausencia, ¿por qué se olvidó de mí?

Solo el silencio se presentó, con aquella respuesta.

Con la voz un poco quebrada, le dije: «Tal vez necesitas que te conozca un poco más; de niño colocaba una carta en mi zapato; eso ayudaría para que pueda llegar».

—Te ayudo a escribir la carta. ¿Qué necesitas, una pluma, un lápiz?

—Un zapato —contestó.

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