Cuento «La generación de los imbéciles» por Baby Blue

Este es el primer día del año para mí, es mi primero de enero.

El ruido del motor, pronostica  que el día será agitado, hace mucho sol  y el chófer debe acelerar y rebasar al primero que quiera meterse en la trancadera antes que él.

Al lado mío yace una adolescente preocupada por los problemas existenciales de las materias a aprobar en la universidad,  mientras charla de forma impersonal con su novio, haciendo énfasis en los adjetivos “bebé”, “gordo”;  su voz cambia y suena repelente. Me he puesto a pensar y divagar sin sentido  esta mañana, “ sin sentido”; la voz de mi consciencia no ha parado de advertirme del murmullo de la calle, entre gente que se empuja  y autos que frenan toscamente  podía escuchar frases como : “prefiero mi libertad” y “los años han pasado”.

La vida como la conocía se estaba volviendo más intensa que en tiempos pasados, la pregunta era ¿por qué? A veces me asusta el hecho de pensar que los minutos se me escapan de las manos y tengo el presentimiento de que todos sienten lo mismo y lo confirman en su día a día, a empujones, a arañazos, con crisis existencial, con crisis nerviosa, con arrebatos y demás.

Me he parado por tres minutos en la esquina donde existe un letrero de señalización con dos flechas que indican abajo y al frente y solo decidí continuar.  Aquí comienza la historia.

3:30 de la tarde de un día común, gris y soñoliento, reviso mi celular y en el whatsapp, la única que me escribe es la señora Mery, para desearme un buen día y hablarme del evangelio. Prosigamos.  Al minuto siguiente me llega un mensaje, es extraño, un número que no conozco, de pronto un montón de dudas invaden mi cabeza, ya me había pasado otras veces. No soy la más popular de ningún lado, ni lo seré, alguien alguna vez me había catalogado como una chica intermitente, por lo cual recibir el mensaje de alguien desconocido que quería conocerme. Era un chiste ya viejo a mis 30 años de edad, no por el hecho de que no pudiera suscitarse algo entre un chico y yo, sino por el hecho de estar cansada de tal situación.

Lo admito, siempre fui despistada y al parecer hablo mucho de mí, pero en realidad quiero proyectar mi forma de ser en lo que veo de las personas todos los días.

Me apasiona la psicología. A los cinco años la psicóloga me advirtió de mi comportamiento ansioso-depresivo, desde entonces siempre he sentido que estoy en busca de algo y las personas son la mejor respuesta.

El simple hecho de observarlas.

La personas  débiles siempre llamaron mi atención,  su languidez era prácticamente contagiosa y áspera a mi raciocinio. Me dan un sí y un no por respuesta con cada gesticulación suya, aun así eran personas que deseaba conocer.

Recordaba, a la más hiriente de las personas.

Era alto, raro y abstraído, ¿quién podría pensar que una persona tan ausente de sí misma, podría siquiera dejar una huella o marca en el corazón de alguien más?

Lo cierto es que no hace falta que alguien diga una sola palabra para matarte lentamente, tal como él lo hacía.

Hay personas que no te hieren con sus palabras, sino con su magia.

Tristemente yo veía a las personas como un cristal transparente, como una luz infrarroja, que hace todo más reluciente, más atractivo.

La ilusión  de una veinteañera radica en la idealización total del mundo como lo conoce.

Una baby boomer que cree que el mañana será aún mejor.

Día dos

6:40 de la tarde de un día en sepia, he decidido meter los pies justo al centro de la cama y hacer presión para que estos se calienten más rápido; estos días he soñado con una vida de soledad.

Una intensa marea de liberación femenina y ataques de ansiedad se apoderaron de las paredes de mi cuarto; de pronto, me di cuenta de que debía despertar, buscar algo qué hacer a pesar del fatídico y arduo afán de buscar trabajo en esta ciudad sin esperanza, que obligaría al más fiel de los creyentes a convertirse al nihilismo y avocarse por entero a una vida vacía de gustos trillados y superficiales.

Prendo la laptop y decido entrar a una de estas páginas de empleos que hostigan a los demás a infravalorarse; busco algo que llegue a gustarme y cubra todas mis inútiles expectativas. Mientras lo hago, vibra el celular, es el mismo número desconocido del día anterior. Las dudas me invaden pero debo concentrarme. Mi vida no estará en pausa por siempre.

Me apego a las sábanas e imagino cómo una lente se va alejando mientras hace un paneo general de mi cuarto, de mi soledad, del color desdibujado de mis cortinas, echada yo ahí, inmóvil, abstraída, adormecida de ánimos, de latidos.

Ha sonado el celular cinco veces de tres números diferentes hoy…

¿Deberíamos eliminar para siempre la palabra amor? Me contradigo, aún no he podido erradicar las malas costumbres, los hábitos mundanos; me he apegado a la idea  optimista  de la libertad y el romance.

Llueve, ha llovido una semana entera, el gris es mi color favorito, la transparencia de las sombras de octubre han hecho que mis días se vuelvan difusos pero poéticos.

He esperado durante un largo tiempo los momentos perfectos: que el café se sienta más fuerte y los días sean más claros.

¡Dios mío!  He esperado tanto tiempo…

Han pasado tres meses.

Conseguí un trabajo de medio tiempo, mi piel esta mas pálida, tengo sueño pero la idea de despertar con un motivo me ha mantenido tranquila y en alerta.

Aún idealizo la vida…

No he tenido ninguna treta laboral y no he sufrido acoso sexual. Me gané la lotería.

Me sonrojo. El día sigue lluvioso. He tomado  una  ducha y seco cuidadosamente cada dedo del pie con la toalla. Me pertenezco y asumo que yo le pertenezco al tiempo que me mira de frente, observándome y  observando mí diario vivir, susurrando un mantra a cada segundo.

Susurrando…