Cuento «Infestación» de Miguel del Valle

La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno;

pero para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche,

extraviado y consciente, no vuelve a haber paz.

H. P. Lovecraft

“¿Qué es ese olor?”.

Para Bruno era difícil encontrar el origen de ese olor a muerto, que se extendía por todos los rincones de su casa. Llevaba cuatro días lidiando con la pestilencia y, mientras más trascurría el tiempo, más insoportable se volvía. ¿Y qué si los vecinos percibían la peste? ¿Cómo podría justificarlo?

—Mi amor, necesitamos encontrar a ese animal muerto. ¡Nos está afectando en todo! Se me ha ido el hambre; ya he vomitado dos veces en lo que va del día. Mi sentido del olfato no detecta otros olores más que este. ¡No importa si estoy en una perfumería o en otro lugar lejos de aquí! ¡Ya ni siquiera puedo percibir tu esencia! —Bruno caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados, pensando en el posible origen del hedor.

A juzgar por el silencio de María, su esposa, Bruno inquirió que tal vez se encontraba molesta por la serie de eventos desafortunados que la situación les causaba.

—En fin, dedicaré el resto de la tarde a encontrar al responsable de ese tufo, solo así podremos estar en paz.

—No hay nada qué buscar, Bruno.

María le dio la espalda y se encaminó hacia la cocina.

Eran las cinco de la tarde y los intentos de Bruno por hallar el cuerpo del roedor o lo que fuera que estuviera muerto, habían sido inútiles. Ni una minuciosa inspección resultó ser fructífera ante la desesperación. Exhausto por la búsqueda, decidió irse a dormir, no sin antes despedirse de María con un beso de buenas noches.

“Extraño los tiempos cuando éramos jóvenes. Ahora, después de veinte años de casados, todo es diferente, pero siempre serás mía” —pensó Bruno, antes de caer en un sueño muy profundo.

A la mañana siguiente, fue el zumbido de una mosca dando vueltas alrededor de él lo que lo despertó. Se postró sobre su mejilla y caminó hasta sus labios, después, voló hacia otro punto.

Lentamente abrió los ojos mientras un horror, mucho más indigesto que la fetidez, se manifestaba: la ventana de la recámara estaba plagada por grandes moscas verduzcas.

Sin pensarlo dos veces se levantó de la cama y corrió despavorido a la sala. No importaba a dónde se dirigiera, las moscas invadían todas las habitaciones, concentrándose en los ventanales.

Bruno vomitó antes de llegar al baño.

—¡María, tenemos que irnos! ¡Hay moscas por toda la casa! Esto ya se salió de control —gritó Bruno al borde del síncope.

—¡María! —volvió a gritar, sin recibir ninguna respuesta.

Larvas de moscas nacían en el cuerpo de Bruno, sus secreciones escurrían de los orificios nasales, oídos, las cuencas de sus ojos, de la boca, y esos humores iban expandiéndose por los muebles y superficies. Su abdomen abultado producía ruidos burbujeantes; la piel amarillenta e hinchada deformaba su anatomía.

Sin advertir su putrefacción, volvió a la recámara en busca de María. Tenía que despertarla, huir con ella a otra parte, lejos. Lejos de la plaga.

Pero su amada esposa se había ido desde hace mucho tiempo.

La buscó habitación por habitación, debajo de las camas, en los armarios, en el patio trasero, nada.

—¿Dónde carajo estás, maldita?

Bruno volvió al comedor y se apoyó en la mesa. Jadeaba. No dejaba de maldecirla. Anhelaba tenerla en sus brazos, apretarla fuerte contra su cuerpo, escuchar cómo cada uno de sus huesos iban quebrándose. Besarla hasta rejurgitar su veneno en ella. Reptar con su lengua alrededor de su cuello. Tomarla de su sedoso cabello rizado y azotarla contra la pared, una, dos, tres, cuatro veces hasta dejarla inconsciente. ¡Tan vívido recuerdo!

La voz de Bruno empezó a debilitarse. La inflamación en su cuerpo le impedía caminar. Hilos de pus escurrían de sus ojos. En un intento por salir de la casa e ir tras María, sus piernas se trozaron. Cayó al suelo. Se arrastró hacia la puerta, dejando pedazos de su carne muerta en el camino.

Bruno se encontraba repleto de larvas. Su rostro era una masa deforme. Ante su insoportable hedor, y en un ataque de locura, se arrancó la nariz; en el acto una parte de su mandíbula se desprendió.

Poco a poco su cuerpo fue hinchándose más y más. De un momento a otro Bruno reventó, esparciendo su podredumbre por todos lados.

“Al final, solo se trata de dejar ir…” —le susurró la misma muerte a Bruno.

Este cuento es parte del libro El Circo (Editorial Capítulo Siete), del autor Miguel del Valle.

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