Cuento «Incubadora» por Bryan Barona

seed row growing on soil

Creía ver su rostro. Veía muchos, muchísimos rostros.  Nos veíamos uno a uno, ellos a mí y yo a ellos, y ellos tan infinitesimales como indiferentes, resignados. Después de todo, yo mantenía cierta fe: por eso digo que creía ver su rostro, su rostro, entiéndase uno solo en el cielo o el universo o simplemente allá arriba, una suerte de estrella, imponente o de plano hiriente, terca como el amor pues no dejaba de hacerse con su luz de gigante, de gigante digamos compasivo, sí, sobre nosotros, minucias, casi risibles en nuestro hogar o ciudad de a mentiras pero cierta, con sus arbolitos, sus paseitos, sus casitas; sitiada por láminas transparentes e impenetrables. A mí no me quedaba sino levantar los brazos, dos puntos gravitando alrededor de un punto, y entregarme a mis convicciones: pedía, pedía con fervor al rostro que creía ver, es decir, al rostro, su rostro que creía adivinar tras su estrella, tras su luz, por supuesto, en las alturas, le pedía con fervor a la luz en las alturas. Ya lo he dicho y no es necedad y sí algo irrefutable o urgente o necesario de repetir: yo aún mantenía cierta fe, a pesar, a pesar… El resto, despabilados de súbito por una presencia, acaso por la figura de mi salvación, me dejaba al centro de la caja de cristal y empezaba a huir hacia detrás de los arbolitos, hacia dentro de las casitas, hacia donde pudiesen resguardarse, y me gritaban loco, me gritaban fanático, me gritaban, imbécil, serás el último, como si se tratase de una advertencia desconocida y no de una aproximación esperada, mientras el rostro que yo creía ver, la estrella y la luz que yo contemplaba se ponía a un lado, un brazo metálico en el aire y una sombra colosal descendiendo, tomándome, elevándome sobre mi hogar o ciudad de a mentiras hacia la verdad, al fin, hacia la verdad, junto a Él.