Cuento «En el alba» por M.J. Díaz

Soy débil, y al marchar por entre escombros

me dirige la fuerza de tu palma

 y reclino las sienes en tus hombros.

¡Quién me otorgara en mi retiro yermo,

tener, Fuensanta, la condescendencia

de tus bondades a mi amor enfermo

como plenaria y última indulgencia!

Ramón López Velarde, “Elogio a Fuensanta”

 

Caminas con tus venas secas buscando refugio. Caminas mirando en todo momento el revoloteo, la neblina que pele y cae, ese gris que devora la tierra. Caminas en una recta por kilómetros, doblas una esquina, doblas otra y continuas en ese patrón laberíntico de caminos torcidos, caminas y sigues de frente. Caminas siempre mirando ese movimiento enloquecido allá en lo alto, caminas hasta que eres conducido -no sabes tú por que fuerza- y de pronto te encuentras frente a la portezuela podrida, dudas, pero empujas la inflada y húmeda madera, colocas un pie y el otro dentro de esa oscuridad. Tu sobra anuncia la llegada a todos los refugiados, un segundo vive tu sombra tragada por la oscuridad tras volver a cerrar la puerta. Dudas y examinas el interior de aquel antro: hombres enfermos, sucios y mal olientes cubiertos con mantos harapientos que hombro a hombro buscan el calor de la multitud. Deben ser treinta o cuarenta con la mirada clavada en la pared enmohecida. Dudas y examinas el otro lado de la habitación, una barra destruida, apenas en pie, cubierta por una capa de polvo adherido ya a la madera, en la estantería, licor en botellas de opaco cristal. Todos los banquillos están ocupados excepto el del centro. Dudas, y te acercas, pero por dentro dudas. Tomas asiento siempre con la mirada al frente y miras a la mujer más anciana de este mundo, un rostro blanquísimo surcado por cientos de líneas, cientos de expresiones y emociones encimadas una sobre otra por el tiempo. –¿Quieres una cerveza?- se mueven las líneas –sí- respondes, y dudas; un tarro con un líquido seboso y marrón es puesto frente a ti por esa mano esquelética y pálida. Dudas, pero bebes y esperas –¿otra cerveza?- escuchas –no, gracias- y esas manos de difunto abren una botella –¡entonces un mezcal!- la empina y vacía todo el líquido hasta que del cuello cuelga la última gota que cae con lentitud, seguida de una larva. Frente a ti, sobre la barra la botella, miras y lees “Los suicidas” con letras decoloradas por la humedad. Miras a través del vaso, en el fondo la larva permanece quieta, miras ese líquido amarillo que se vuelve turbio de a poco y la larva en el fondo se retuerce, se eleva y no para de retorcerse como agonizando, como naciendo; se retuerce y de ella brota una cola de pescado, unas aletas y una cabeza como de plata. Miras danzar al animal dentro de tu vaso que ahora parece estar lleno de licor de hiervas turbio y verde, asombrado te retiras con brusquedad, miras el rostro de la vieja, ella asiente, tomas el vaso…

 

Otra vez el amanecer, y esta penumbra rosada que no me permite salir de la sintonía del alba. Nora volvió a pasar la noche aquí y su presencia imposibilita que yo vaya y haga mi tratamiento, que yo vaya y siga prolongando la semana, el mes, quizá otro año. No quiero que se entere, aunque eso sería lo mejor; llorará unos días, pero volverá con él, volverá a pensar en el futuro que un día planeo a su lado. Yo soy una ilusión temporal que no durará mucho. He despertado con nauseas, otra vez el gusano y el pez dentro de aquel trago, otra vez las presencias extrañas, la multitud agotada. Anoto una fecha más en la libreta sobre el buró y con dolor salgo de la cama, me escondo de ella en el baño; pero me enfrento a la parca figura en el espejo que me multiplica y me revela. Ella me conoció así, con la vida contada, con la masa desvanecida, con las energías vitales escapando por la imposibilidad de orinar; gota a gota dorada fueron atrofiándose los mecanismos de la biología, y el alivio, extraño el alivio, ahora sólo tengo la angustia de esperar el alivio. Me doblo al frente intentado recuperar el equilibrio, algo se retuerce en el pecho; falta el aire, arden los ojos, una sensación desesperante parte el cráneo. Me dobla el dolor que se eleva por los intestinos, recorre la garganta y se libera en una explosión gástrica; abrazo la porcelana de la taza y encuentro alivio en los mosaicos fríos del suelo, me atacan los recuerdos. Los amigos y familiares de visita en el hogar, cada semana y yo relatando los síntomas, diagnósticos, predicciones temporales cada vez y cada vez me parecían más odiosos y falsos esos –¡que te mejores!- los condescendientes –¡cuenta conmigo!- y por supuesto los patéticos –¡pídele a Dios, reza!-. Ella me conoció así, agotado y exiliado en este minúsculo hoyo, pero con buena ventilación para cuando suceda. Y no sabe nada, y no porque no pueda con la verdad sino porque no pretendo dejar que esto continúe un día más, no después de la noche anterior, no podría con la compasión en sus ojos.

Hoy debo continuar con lo planeado, es necesario el alivio; pero fuera de aquí, donde ella no pueda sufrir mi condición. Ni la crueldad ni el desprecio le dañan, quizá no lo percibe, es obstinada, quizá lo ignora de verdad, quizá en verdad él no dijo nada. Tomo aliento para escapar y me incorporo hacia la luz rosada que se refleja sobre el espejo, ese maldito espejo que me multiplica y me revela, que me enfrenta como todos a los que dejé, que me enfrenta como no deseo que me enfrente Nora.

 

Es fría la luz. Un café humea sobre el escritorio ¿aún es temprano? La piel se crispa al contacto con el metal. El ritmo en el pecho no cede. Examinación de rutina. Sin mejora ni aliento extra. –¿Sabes una cosa? No he llegado a la casa en tres noches, sólo veo a Nora en las tardes, se ha sentido mal, creo que está… bueno, creo… ¡al fin se nos hizo! Debe querer darme la sorpresa… ¿Estás tomado los ansiolíticos?… Me dicen que no has ido a las sesiones con Valdés ¿sigues viniendo al tratamiento solo?… Sabes que es muy agotador y puede sucederte algo al irte de aquí, verdad. No quiero ser yo quien te regañe, pero llámalos. Es difícil ser el único que sabe de ti, ni siquiera a Nora le puedo contar- un trago agridulce pasa por mi garganta – así lo quiero yo- respondo sin enfrentar su rosto. –Quiero celebrar ¿qué te parece si hoy vas a cenar con nosotros, le damos la sorpresa- sus dedos evitan la reacción de mis párpados ante la luz abrupta, se contrae el iris en la pupila.

El bolsillo del pantalón vibra, la pantalla se ilumina y me dice que la cita es a las siete, al parecer acepté la invitación. El disco vibra sobre mí, medio día. Estoy en el centro de la ciudad. Siete cuadras, el metro, tropezaste con alguien, saliste y vagaste sin rumbo… continúo por la misma avenida peatonal que se extiende tanto que no se alcanza a ver la siguiente esquina, por la multitud que avanza en desorden, me sumerjo a cada paso. Meto la mano derecha en el bolsillo interior de la chamarra, las puntas de los dedos recorren el contorno metálico, verifico su forma: empuñadura, martillo, barril. Sigue conmigo, aquí en mí pecho; sientes la mirada clavarse en tu nuca. Alargo las piernas y la velocidad intentando no llamar mucho la atención. El rabillo del ojo, vigilante sobre el hombro, no logro verle, pero sigue mis pasos. Esquivas personas, pero sabes que es inútil, tan inútil como taparte del sol bajo la arena; me conduzco con sigilo a través de la multitud que avanza en mi contra, exijo el paso con cinismo desesperado, pronto llego al cruce de caminos, paso en rojo; los autos evaden tu figura raquítica e imprudente, aún te impulsa el miedo a morir. Logro cruzar a salvo y continúo por callejones solitarios que enredan mi rumbo, pero también el de él. Jadeo e intento recuperar energías que no poseo tras el tratamiento, miro en todas direcciones y no logro discernir su figura ¿en qué punto focal se ha colocado para confundirme y atraparme? ¿Quién es y por qué me persigue? Avanzas de frente, siempre de frente y yo siempre a tus espaldas, dirigiendo tu ruta y tu miedo, eres débil presa de ti mismo. Caigo por agotamiento, el mareo ha vuelto, también el dolor de cabeza, me incorporo con torpeza y sigo avanzando y girando sin sentido de dirección siempre que creo que un camino diferente puede alejarme del asedio. Ahora no sé en qué dirección continuar, las calles se han vuelto estrechas, sucias, viejas y decadentes. La tarde comienza a perder su luz y el aire se humedece, un trueno ruge en el cielo donde los edificios se alzan kilométricos, yo sigo huyendo a un paso cada vez más lento, toso inclinado arrastrándome por las paredes sin detenerme procurando que no me tome; no hace falta que te de alcance, jamás poseíste tanta voluntad, observo agotarte a cada paso, rindiéndote otra vez. No tengo oportunidad, esperaba ser yo quien terminara conmigo mismo, apenas logro erguir el torso apoyado sobre la pared, si me va a atrapar y aquí se acaba todo espero al menos verle la cara. Respiro profundamente, está cerca y se aproxima, meto la mano al bolsillo interior de la chamarra y la empuño con rabia. Lo tengo, puedo verlo a través del cristal del auto que está estacionado frente a mí; el mérito dejó de serlo cuando comenzaste la huida, enfrentarme ya no vale nada. Despliego el brazo hacia él, no se defiende, el barril acciona seis veces efectivas y varias más no, cae junto con los cristales demolidos.

El resplandor ámbar atrajo mí atención. Entro esperando la peor compañía, pero se encuentra casi vacío. Un hombre que parece el cliente permanente sostiene un trago a la mitad de camino a su boca. Dos más con aspecto de obreros juegan al azar en el fondo, un solo trago al centro de la mesa como si fuese la apuesta. Un muchacho friega el piso de concreto. La puerta rechina de vuelta a cerrarse, todos miran al nuevo y vuelven a lo suyo.  Lugar improvisado con mesas y asientos de factura rústica, decir rústica es mucho. Compré seis, sólo seis ¿ahora qué hago? Estoy agotado y desecho, no debo volver con Nora; me voy a una mesa lejana a los demás, no deseo ni conversación ni compañía. Me concentro en un punto, miro al vacío y también miro a Nora, Nora la noche anterior. En sus ojos pude ver una luz prematura que abrevió todo lo que sus labios titubearon llorando –no tengo dudas, Clemente no me ha tocado en más de un mes-. El mal humor descomponiéndome la tranquilidad en el rostro, no pude disimular el terror que le tenía a tal culminación de nuestro enredo, no por voluntad o decisión sino por la fatalidad que trae tentar la biología. Esa mirada me penetró, pero supe que ella lo deseaba y de alguna forma imbécil y demente yo también –¡Clemente es un estúpido!- fue mi respuesta esperando que la expresión pareciera como si me alegrara en vez de causarme molestia el que no hubiese la posibilidad de que él fuera culpable. Sequé sus lágrimas, le abracé, soltó a llorar otra vez y me preguntó si la amaba –te quiero ¿eso te basta?- dije intentando no quebrarme, y siguió llorando. El muchacho se acerca, camina hacia mi mesa con la serenidad de un santo en el rostro, con la misma actitud sostiene una botella de un negro opaco, sin etiqueta alguna, tapada con un corcho. Coloca un vaso de old fashioned frente a mí y sirve sin decir nada, el líquido es turbio y obscuro a lo lejos, de cerca verde; dudas, siempre dudas en el momento adecuado, la valía ya no vale nada en este punto, eres un bulto andante ¡bebe! Se retira y me quedo perplejo frente al vaso, pronto el olor que desprende causa desconfianza, una mezcla extraña entre algo herbario y algún solvente, miro a los demás en el lugar, todos están bebiendo lo mismo ¿o, aún no lo beben? ¿El vaso nunca completa su viaje? ¿La apuesta no se resuelve? ¡Bebe, la cicuta es para ti!

Detrás, una puerta que ya has cruzado, avanza sin temor, no hay vuelta atrás, los ladrillos lo han sellado todo. Al frente un punto rojizo y parpadeante. El túnel está detenido por muros a cada lado, pero el techo es piedra bruta por la cual se filtran gotas de agua, sé eso por medio del tacto pues hay sólo oscuridad. El techo cada vez comienza a hacerse más bajo, el suelo está inclinado y desciende, comienzo a avanzar hacia el punto rojizo, hace falta el oxígeno; viene otra vez el dolor, una contracción en los pulmones que me doblega y hace plañir, un calambre atroz que recorre todo el torso, una explosión densa, caliente y con sabor a hierro que sale de mí con desesperación y odio, con tristeza y agonía, hebras rojas con soledad y nostalgia. Avanzo encorvando por el dolor, avanzo y pronto estoy a gatas por el sufrir y por la naturaleza de la gruta, a gatas en un charco de agua con hedor mineral por mi sangre. El punto comienza a convertirse en un ténue halo que persigo, el túnel una garganta estrecha por la cual es aún más doloroso moverse, llego al final, un hoyo minúsculo es la fuente de luz; ¡no te venzas, rompe el muro! El torso cuelga al otro lado, cirios fúnebres y trémulos iluminan la cámara, al fondo un ojo de agua cristalina. Con las vísceras del cuerpo destrozadas apenas los brazos me impulsan al interior y caigo desde lo alto manchando el agua de rojo. Unas manos maternales, blancas y gentiles me sujetan e impiden que se hunda el cuerpo, lo arrastra a la orilla, coloca la cabeza sobre su regazo y limpia con ternura los rastros de sangre en el rostro, le miro con melancolía y sonrió, apenas una mueca tiesa –¿desde cuándo?- me inclino un poco y me abraso a sus desnudas y amorosas caderas, –en el principio- comienza a frotar mi cabello como peinándolo y entona un naneo en un tono dulce y desconocido para mí –¿por qué yo?- no responde y sigue el canto; un ritmo débil en tu pecho se apaga, un ritmo débil en otro pecho se fortalece; me abrazo más fuerte y subo a su vientre, al perfecto ombligo que se abulta, tirito. Los latidos se confunden con el arrullo, los cirios se apagan en tus ojos.

 

 

Semblanza:

Manuel de Jesús Díaz Salvador (Chignahupan, Puebla, 1992) Actualmente estudia la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Estudios Superiores  F.E.S. Acatlán, U.N.A.M.