Cuento «Ella (Tragicomedia en tres actos)» por Emilio Ramón

Acto primero:

Terminaba otro día de mierda de esa semana de mierda en aquel año de mierda de su vida de mierda y era fin de mes, el día tan esperado durante treinta noches de frío y de mal sexo, enredado en sábanas en las cuales no quería estar, con una mujer con quien no quería estar, pero ahí tenía el sueldo en la billetera y unos deseos terribles de tomarse un trago, ¿y quién no, verdad?, así que salió rápido del trabajo, se puso la chaqueta y caminó directamente a tomar un taxi, total los morlacos estaban, y le habló un poco al taxista, de futbol, del clásico del fin de semana, de lo terrible que está la delincuencia en esta ciudad, y se sentía bien y cada vez tenía más deseos de sentir ese alcohol frío anestesiando sus tripas y se bajó del auto, entró al bar y pidió una piscola que se tomó casi de un trago antes de pedir la otra inmediatamente mientras miraba a las mujeres, esos muslos, esas piernas, esas tetas firmes, y se olvidaba poco a poco del patético olor a muerto de su vida cotidiana…

Olor a muerto.

Vida cotidiana.

Noche en la ciudad.

Y se metió piscolas hasta que la conciencia comenzó a patinarle, entonces decidió que ya era hora de irse, sí, ella estaba esperando en casa y no quería problemas, no quería gritos ni discusiones, así que pidió la cuenta, pagó, le guiñó un ojo a la garzona, aunque ella ni siquiera lo miró, se levantó y salió a la calle, caminando, silbando una vieja cancioncilla de Frank Sinatra, New York, New York, aunque a la vista no había ninguna Estatua de la Libertad, ni ningún Central Park, sólo la noche y él, caminando, caminando, sintiéndose bien, buscando un taxi que lo llevara a casa, y se sentó en la cuneta y prendió un cigarro que fumó mientras miraba la luna, esa donde se supone que hay una bandera gringa, chilena no, banderas chilenas no hay en ninguna parte más que en Chile, esa bandera de tres colores y una estrella, ésa que en los colegios dicen que es la más bonita del mundo, ésa que siempre odió, desde sus tiempos de punketa, desde esa juventud que ya no era más que un puñado de recuerdos, y volvió a levantarse porque no venía ningún taxi y quizás sería mejor caminar hasta la avenida principal, allí sí encontraría, pero en ese momento aparecen dos tipos desde la esquina, se le acercan y rodean y uno de ellos le pone un cuchillo en el cuello y el otro que reza las palabras mágicas, entrega la plata, conchetumadre, y le meten las manos en la chaqueta y él que trata de defenderse, pero ellos son más fuertes, le pegan unos combos hasta verlo caer, unas chuchadas y más patadas en las costillas y se van corriendo. ¿Y él? Tirado en el piso, mirando la luna, un poco aturdido, un poco borracho, con ganas de vomitar.

Algo de dinero quedó en los bolsillos, así que tomó un taxi rumbo a casa, rumbo a aquellas sábanas. El taxista le contó una historia extraña, de una pasajera que había llevado hace un rato, una mujer joven y guapa que le había cortado el pene a su pareja. Él, sin embargo, no lo escuchaba. La adrenalina le había espantado la borrachera y no dejaba de pensar en lo que acababa de ocurrir. Al menos no me quitaron el reloj y el celular, pensaba.

Se bajó un par de cuadras antes de su casa para poder pagar la tarifa (no le dejaron muchos billetes) y caminó, caminó, caminó, pero de pronto en medio de toda aquella oscuridad, aparecieron tres tipos que lo rodearon y uno de ellos le puso un cañón en el pecho, otro le sujetó los brazos por la espalda y el tercero le metió las manos en los bolsillos. El pobre hombre intentó hacer algo, pero era uno contra tres y ellos tenían la pistola y tenían el mundo en sus manos, y él que apelaba al corazoncito de los malhechores, no, por favor, sus colegas recién me cogotearon un poco más allá…, pero el cállate, conchetumadre le cerró la boca y, entre golpes y amenazas, se llevaron el reloj, el celular y los zapatos. Sí, los zapatos. Tuvo que caminar a pies pelados, entre dolores de costillas y puteadas al viento, las cuadras que aún lo separaban de aquellas tristes sábanas…

 

Acto segundo:

Me llamo Isabel. Me llamo Isabel porque mi mamá se llama Isabel y porque mi abuela se llama Isabel. Las tradiciones se respetan. Se respetan porque así lo dice la tradición. Son las tres de la mañana y aún no me duermo. No me duermo porque no puedo. Estoy preocupada por mi marido. Estoy preocupada porque no ha llegado del trabajo. No ha llegado porque de seguro está emborrachándose con el sueldo. Está emborrachándose porque no sabe hacer nada más que emborracharse. Es mi marido porque nuestros padres nos obligaron a casarnos. Nos obligaron porque teníamos diecisiete años y estaba embarazada. Estaba embarazada, pero nunca nació el crío. Nunca nació porque lo perdí. Lo perdí porque caí por las escaleras y estuve a punto de matarme. No me morí porque diosito es grande y me cuida desde el cielo. Me cuida porque así lo dice la Biblia. Mi marido no, él no me cuida. No me cuida porque es un borracho que no piensa más que en la plata para llenar otra vez la botella. Muchas veces he pensado en irme. Lo he pensado porque no lo soporto. No lo soporto porque nunca lo quise de verdad. No lo quise ni lo quiero ahora, pero aquí sigo. Sigo porque no sé qué más hacer. Sigo porque es la vida que me heredaron mis padres. Sigo porque el matrimonio es para toda la vida, así lo dicen los libros. Los libros lo dicen porque es fácil decirlo. Pero los libros no hablan de lo difícil que es salir de las deudas. De lo difícil que es tener un poco de libertad. De lo difícil que es ser mujer en una sociedad como ésta. De lo difícil que es encontrar un camino. Es muy fácil emborracharse, conseguir una tarjeta de crédito, demostrar lo feliz que eres en las redes, mientras tu vida se desmorona tras la pantalla del teléfono, es fácil caerse, ahogarse, enfermarse, morirse, hacerse vieja, creer en la tele, creer en platillos voladores, en Dios, en la Biblia, en la política, en las pastillas, en el sol y en la luna, creer que todo alguna vez va a mejorar, que un golpe de suerte te cambiará la vida…

Su sombra. Sus pasos. Viene. Es hora de cerrar los ojos y no verlo.

 

Acto tercero:

…Y llegas. No querías, pero llegas. Las luces están apagadas, así que supones que ella duerme; tanto mejor, tanto mejor. Y caminas al refrigerador para comer algo, pero está vacío, sólo un par de latas de cerveza y, qué más da, te las bebes casi de un trago. Entras al dormitorio y ahí está ella entre aquellas sábanas, dormida, o al menos eso parece, y te quitas la camisa con dificultad y te quitas el pantalón con dificultad y los bandidos te ahorraron el tener que quitarte los zapatos, y te metes a la cama y te pegas a la espalda de ELLA y poco a poco comienzas a sentirte mejor y le metes las manos y te acercas más y comienzas a besarle el cuello y ella que despierta y te mira a la cara y con un tono casi inexpresivo te sacude, ¿borracho otra vez? Y te quita las manos de encima y tú que insistes, pero no hay caso, no hay caso, así que te rindes y cierras los ojos intentando dormir, pero ella que no perdona, ella que contraataca, espero que no te hayas gastado mucho porque mañana hay que pagarle a mi mamá y a la señora del almacén, también el teléfono, lo cortarán si no pagamos esta semana y recuerda que…, y tú no la dejas terminar y le sueltas, me robaron, y su cara de incredulidad y tus palabras que hieren, me robaron todo, me cogotearon dos veces, y ella que te mira sin decir una sola palabra y se da vuelta y te da la espalda. Y tú estás perdido, la ciudad y la noche te han aturdido, el frío, los perros, la luna venenosa. Lo intentas una vez más, te pegas a su espalda buscando un poco de calor, pero no hay caso. Te levantas y caminas al baño, girando, girando, y te encierras y te arrodillas y te metes los dedos para dejar salir todo, todo lo que va quedando, como exorcizándote de todos tus demonios, vomitando, vomitando, hundiéndote, volviendo a nacer, como un niño, como un bebé inocente asesinado por la vida y su oscuro sinsentido.

 

Semblanza:

Emilio Ramón. Nació en Santiago de Chile en 1984. Es profesor de castellano, Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena, músico y escritor. Ha publicado sus relatos en diversas revistas impresas y virtuales. Es autor del libro de relatos Noches en la ciudad (Santiago-Ander, 2017) y de la novela Labios Ardientes (La Polla Literaria, 2014; Santiago-Ander, 2016).