Cuento «El vaquero justiciero» por Liliana Alarcón

“I am just a lonesome cowboy

and I’m travelling all alone,

I ain’t even got a nickel

to call my baby on the phone”.

Manuel se paró frente al espejo, tomando el arma de juguete y sacándola del bolsillo por séptima vez.  A sus 19 años, aún se imaginaba siendo un vaquero con revólver, pero todo en la privacidad de su casa, sin las miradas incómodas o los cuchicheos a sus espaldas que podrían juzgarlo por falta de madurez.

En la universidad era un galán. Ojos verdes; peinado de Elvis Presley (quien siempre estará a la moda, lo sabemos todos). Las muchachas lo seguían cínicamente, e incluso las más atrevidas lo acorralaban en las escaleras para acribillarlo con besos, los cuales Manuel jamás rechazaba. Era parte de ser “el guapo”: estar dispuesto a dejarse seducir, inflamando pasiones con guiños y melodías bien tocadas en su guitarra.

Uy. Pero para nada, PARA NADA, alguien tenía que enterarse de cómo, al llegar a su cuarto, buscaba su pistola de plástico negro, guardada celosamente desde que tenía seis años, para practicar velocidades de cowboy.

Porque sí. Manuel era un chico codiciado, pero excesivamente noble. Y al decir “excesivo”, es literal. Tenía un sentido de la justicia permanentemente grabado desde sus tiempos infantes, habiendo adoptado el papel de defensor de los niños acosados. Él había sido uno de ellos, alguna vez, hasta que explotó y con sus puños pequeños le reventó la cara a su agresor.

El recreo se convirtió en un infierno dantesco, o al menos así lo recordaba Manuel, porque podría no haber nadado en un río de sangre, sino mojarse las ropas en un minúsculo charquito. Como fuese, desde ahí sus compañeros no sólo le miraron con respeto, sino con admiración. ¡Mira que ponerse así contra el niño más agresivo de la escuela! Por fin, POR FIN, se había alzado la voz del gremio de los insignificantes.

Lo que nadie sabía era que, después de salir airoso de su gran batalla, Manuel se prometió a sí mismo ser un héroe. Cuando llegó a casa, sentía el orgullo reventándole el pecho, y al mirarse a sí mismo en el espejo con sus manos desnudas, fue corriendo a su caja de juguetes para buscar un arma: SU arma. “¿Resortera? No. ¿Espada? No”. Mientras esculcaba hasta el fondo, su mamá escuchaba la radio, y la voz de Elvis decidió melódicamente su destino: Saddle up and ride you lonesome cowboy, here is where you’ll find your destiny.

Pasó el tiempo. Al cumplir once años, llevar su pistola de vaquero a la escuela le costó algunas caritas risueñas. Se conformó con practicar sus maniobras en casa: siempre de pie frente al espejo y siempre exigiéndose mayor velocidad.

Entrando a la adolescencia, el niño de cachetes tiernos afiló sus rasgos. Era algo cotidiano llegar a su pupitre después del receso y encontrar decenas de cartitas de admiradoras. Porque no sólo era guapo: era justo y tremendamente atento. En una ocasión, ayudó a una muchachita a saltarse una barda para irse de pinta. Para que ésta no se cayera, Manuel la sujetó fuerte, pero, ¡cómo no!, con delicadeza. La joven recordaría este momento como se recuerda la escena más romántica de nuestra película favorita, y le valió a Manuel no días, sino años, de un enamoramiento obsesivo que le hizo recibir miles de llamadas a su casa y miles de encuentros “casuales” en cualquier parte.

¡Ay, qué vida era la vida de Manuel el héroe, Manuel afable, el más cautivador de los justicieros!

Pues sí. A sus 19 años, Manuel era un vaquero a solas, porque la gente piensa que los vaqueros  ya se dan únicamente en los cuentos, mucho más en estos tiempos modernos que está cabrón, muy cabrón, conjugar ser un cowboy con un profesionista. Por eso, apenas terminan sus clases, corre a su cuarto y se encierra para mejorar la velocidad de todos aquellos vaqueros que han encontrado la magia en su revólver.

“I am just a lonesome cowboy

and I’m travelling all alone,

I ain’t even got a nickel

to call my baby on the phone”.


Semblanza:

Liliana Alarcón Toriz (Estado de México, 1983) es escritora independiente, egresada de la UNAM. Pasional, enemiga del tiempo y rencorosa hasta el empacho. Produce poesía respondiendo a una necesidad del alma.