Cuento «Don’t forget, baby» por Franco García

He vivido soportando un martirio.

Jamás debo de mostrarme cobarde.

Fragmento de la canción Cabeza de hacha

Sé que la cerveza es el mejor sedante que pudo haber inventado el hombre pa soportar cualquier tipo de desgracia. Accesible, efectiva, deliciosa. Aunque después de la peda viene la cruda realidad y hay que aceptarla. Aceptar fue lo único que aprendí desde morro y a base de putazos. Sólo uno así sabe lo cruel y mentirosa que puede resultar la vida. Pero así es esto: siempre pa delante. Siempre. Doy un trago a la Corona y vienen a mi mente las palabras de mi padre:

“La vida es perra, hijo. Cualquier chingadera que te mande, agárrala por los cuernos y no por el culo. Nada de andar huyendo como puto, eh. Póngase verga, ¿entendió?”.

Mi viejo era duro pero sabio.  Aun así lo amaba. Después de lo del huracán Paulina jamás volví a ser el mismo. A él se lo tragó el lodo y a mí la soledad. Esos fragmentos de mi vida siempre son húmedos,  letales. Conforme pasan los años y las tragedias el corazón me retumba como si fuera a resquebrajarse. Hoy no, le dije a Lalo, mi chalán, quien me marcó al celular pa preguntarme si iba a abrir el taller y le respondí que lo abriera él, que con lo que gané la semana pasada era suficiente y le colgué. Él tiene más hambre que yo y necesita de la lana pa alimentar a su esposa y chamaco recién parido. Además no tengo ánimos pa refacciones, echar aire, cambiar neumáticos, aceites. Nel. Sólo quiero pasarla bien. Sólo esta cerveza y lo que venga son lo que me importa en estos momentos.

Bebo despacio y miro detenidamente las piernas de una de las meseras: prietas, gruesas, venosas. Tencha, así se llama. Chaparra, gorda, dientes blancos y de caballo. No para de menear esos enormes pechos y culo a la menor provocación. Bajo la Corona a mi muslo y enseguida le grito: ¿soltera o casada, chula? Separada y con dos niñas, papi. Hay que trabajar, me responde desde el fondo, donde atiende a dos pescadores. Flacos, sucios, panza de lombricientos, chaparros. Uno se atreve a nalguearla mientras su acompañante limpia las cervezas con su playera. Tencha les sonríe y les acaricia los hombros; luego los besa en las mejillas.

Sudo, me rasco las axilas, echo la espalda hacia atrás pa estar más cómodo en la barra. Afuera el calor se siente como el mar en tiempo de huracanes: bravo y azotando parejo. La brisa y la sombra son por ratos. Los ventiladores de techo ya no giran a gran velocidad. Están rotos, cubiertos de polvo y telarañas. Nos asamos pero es mejor estar al pie de las ampolletas en caso de desmayo. El dueño de la cantina le dice a un taxista que acaba de ingresar que ya se le terminó el ceviche de cazón y sólo le quedan pescadillas. El hombre tuerce la boca, se queda pensativo por algunos minutos y luego pide dos órdenes con mucha salsa roja y una Pacífico. El taxista se levanta de su lugar y se dirige a la rocola. Inserta una moneda y se escucha:

En mi vida yo nunca he sido feliz.

Las estrellas me iluminan al revés.

En seguida invita a bailar a una mesera joven, negra y delgada, quien no se resiste y deja la charola sobre una de las mesas. ¿Tu nombre, muñeca?, pregunta el taxista. Yuri, responde y le pellizca el pito, suave, provocándolo. El taxista sonríe, la abraza; luego desliza sus manos por las caderas de la escuincla hasta llegar a las nalgas y se las aprieta. A simple vista lo disfruta y se zarandea. Estas negras son como la gasolina: arden a la primera y arrasan con su calentura sin piedad alguna. El dueño les hace señas de que ya están las pescadillas pero el taxista le responde que lo aguante, que termine la canción; está bien trenzado al hervidero de la mocosa. Yuri le guiña el ojo al dueño.

Los tipos del fondo me miran amablemente y levantan sus cervezas en señal de salud. ¡Salud!, les grito y bebo lo último de la mía. Tencha pasa a mi lado y le pido otra ronda. A pesar del escándalo que ocasionan la rocola y el resto de los clientes, puedo escuchar las carcajadas de los pescadores, quienes juegan a la baraja y por un instante tengo deseos de reunirme con ellos. Soy bueno en el taller mecánico y quiero demostrárselos, hacerles saber quién manda. Tencha me toca el hombro y deja la cerveza a mi lado. La tomo y me levanto de la barra pa ir a echar una partida. ¿Reparto?, les digo y doy un sorbo. Jimón, dice uno, quien está chimuelo y padece labio leporino. Arrastro una silla de la mesa contigua y me dejo caer. Mientras barajeo escucho su mala racha que tienen con la pesca del huachinango. Ectá de la melga, jompa. Nomá no quien jalí, los jijoj de la jingaa. No je ji jeguí en ecto o me lanjo pa loj Jiunaitej con mi plimo Gactón. Quija la leante maj jido. Ej jalinelo. Jay vago, jeta. Simón, esta temporada nos ha jugado gacho. Pa acabarla pronto: mi señora anda mala de los pendejos riñones, hijuelachingá. Y el varo no alcanza pues. ¡No rinde! Con puros remedios de cola de caballo se la lleva. Eso no es vida, chingao. Al chile. En cualquier rato siento que se me va. Está cabrón. Miejaj joblan, pajna. Nomá ja la muelta. ¡Mílalaj! Esas viejas son de cama, no de casa, no mames pues. Mejor pide otras, loco. Tengo una perra sed.  Levanto la mano y llamo a Tencha. Tráenos otras y unas pescadillas, le digo y asiente con la cabeza. Gajiaj, pajna. Chido pues, primo. Una vez que Tencha se ha marchado,  repartimos el cambio, permanecemos callados, analizando las cartas, dispuestos a lanzar nuestra mejor estrategia de ataque. A mi espalda el taxista le grita a Yuri que ponga más música mientras come. Esta vez cumbia o chilenas, algo que levante el ánimo.

Después de dos horas, los resultados han sido: gano seis partidas y pierdo ocho. El tipo chimuelo y labio leporino ha ganado diez y perdido cuatro; el otro nueve ganadas y cinco perdidas. Los pescadores fueron mejor que yo, no hay duda alguna. Se nos han pasado los tragos y echamos el coto a gusto. Todo nos causa gracia: los chistes del Tico Mendoza, las nalgas de las meseras, la calva del dueño.

El taxista se ha quedado dormido sobre la mesa y Yuri aprovecha la ocasión pa sacarle la cartera. En seguida uno de los pescadores me pregunta que ónde la tiro. Pa la Vacacional, le digo. Te jiejamoj, janca. Ya ej talde. Traemos coche. Nosotros vamos pa Xaltianguis. Sale, orita que paguemos voy al baño, ya me anda. Pedimos la cuenta. Tencha nos dice que son más de quinientos varos y trescientos de propina. El tipo chimuelo y labio leporino no puede creerlo; se encabrona y le propina una bofetada, mandándola al suelo. Tencha lagrimea y soba su mejilla colorada. Me incomoda verla humillada y le ayudo a ponerse de pie y le digo al chimuelo que no la riegue, a ella nel. ¡Tú cállate!, me responde su acompañante. Esta vieja nos quiere cobrar de más, pinche puta. No te vamos a dar ni madres, ¿oíste?

El dueño se percata del alboroto desde la barra e inmediatamente nos amenaza con un rifle que ocultaba detrás de uno de los refrigeradores. Levantamos las manos y nos miramos unos a otros, en silencio. Por esa pendejada ahora son mil quinientos y mil más de propina, nos hace saber el dueño y dispara al aire. El taxista despierta pero ignora lo que sucede. Balbucea, escupe, arroja los platos y las botellas vacías al suelo; vuelve a hundir la cabeza entre sus brazos. El resto de los clientes no chistan palabra alguna ni se mueven. Tencha se dirige con el dueño, encabronada; se coloca a su lado y lo sujeta por un hombro. Se muerde el labio inferior, le susurra algo al oído y nos clava una mirada despiadada. Bajamos las manos y revisamos los bolsillos de nuestras respectivas bermudas a toda prisa. Apenas y tengo ochocientos. Los pescadores sólo tienen cuatrocientos entre los dos y unos celulares de la marca Samsung y en mal estado. Miro al tipo chimuelo y labio leporino, quien sacude la cabeza y le dice algo a su compañero que no logro comprender muy bien debido a su discapacidad. Quizás es verga o mierda, o Tencha. El dueño agita el rifle y nos ordena que paguemos cuanto antes o nos quiebra. ¡Órale, hijos de la chingada! Yuri lame la yema de sus dedos índice y pulgar y cuenta los billetes a la entrada del baño. Las ganas de ir a orinar insisten pero me aguanto. Sé que mi padre estaría orgulloso de mí.


Semblanza:

Estudió Economía en la UNAM y es originario de Coyuca de Benítez, Guerrero.