Cuento: «¿Dónde andarás, Lorena?» por Paulo Neo


Me encierro a escribir, pero al rato me sorprendo haciendo rayitas,

círculos, figuras, dibujitos que parecen el plano de mi alma.

Ricardo Piglia

Escondí esta foto lo más posible. Pero ya saben, mientras más se ocultan ciertas cosas, más se hacen presentes. De hecho, escondí este texto un largo tiempo, sabiendo que andaba por ahí, dando vueltas por alguna parte de mi cerebro. Ensuciándolo todo, como un huésped mugroso y desagradecido que no entiende de reglas ni costumbres largamente practicadas. Trastocando  todo lo que encuentra, como un chiquillo revoltoso y falto de atención.

Resulta que hace un par de años, me paseaba por la Avenida Paulista, en la caótica y exuberante Sao Paulo, claro. Como digo, recorría las veredas sin rumbo y lo cierto es que no había nada muy llamativo. A no ser por la cantidad de gente durmiendo en la calle y los borrachos y oficinistas, se parecía demasiado a cualquier otra ciudad: el mismo ceño fruncido de los pasantes, la misma insistencia de los vendedores, la misma indiferencia general, en fin. El asunto es que, en medio de un pequeño claro entre el gentío, apareció.

¿Cómo supe que era Lorena? No tengo la menor idea, para ser sincero. Ya saben también ustedes cómo es de caprichosa la memoria, cómo suele acarrear el oro con el polvo, así sin más. Pues bien, que no tuve mejor idea que seguirla de lejos. Tenía más de veinticinco años sin verla, pero la espalda casi no había cambiado; el cabello tenía la misma sedosidad, el mismo brillo; el hombro izquierdo levemente caído; la cintura pequeña y las piernas firmes de la aquella Lorena de la que me enamoré como un adolescente estúpido, si es que eso no es un pleonasmo. Como digo, Lorena parecía distendida: se paraba a contemplar los escaparates de las tiendas, le acariciaba la cabeza a algún niño, le hacía muecas a un cachorro de pitbull que pasaba a su lado, en fin. Disfrutaba el paseo sin saber que un tipo gordo, pelado y con lentes, la seguía a pocos metros de distancia.

¿Cómo habría de decirle “Soy yo Lorena, Abelardo, tu primer novio. Sí, claro, el mismo. Que no te engañen estos gruesos anteojos, estas viles arrugas, estos treinta kilos de más”? Imposible, no pensaba exponerme al ridículo o a la humillación. ¿Y si ni siquiera me recordaba? O peor aún, ¿si me recordaba y mi condición actual, mi fisonomía, digamos, le causaba asco? Era muy probable, claro, y entendible además. En aquel entonces era delgado, esbelto, llevaba el pelo largo y vestía a la moda.

Me ajusté un poco el sombrero y me paré a su lado. Lorena estaba absorta en una pequeña vidriera. Tardé en darme cuenta que se trataba de un sex-shop. Me pasé veinticinco años imaginando como sería morder los oscuros pezones de la tierna y delicada Lorena, y ahora estábamos frente a cientos de juguetes sexuales y no me animaba siquiera dirigirle una palabra. ¡Qué putada es la vida, a veces!

Sonó el teléfono y Lorena atendió al instante. No entiendo mucho de portugués, pero sí del lenguaje corporal. Me pareció bastante obvio que hablaba con su pareja. Colgó luego de unos minutos y entró al local. Para disimular, me prendí un cigarrillo, y cada tanto, echaba una ojeada al interior de la tienda. No iba ni por la mitad cuando otra mujer llegó con paso apurado desde la esquina. Era bastante mayor, canosa y entrada en carnes. Me recordó bastante a mi tía Roberta, pero eso no viene al caso. El asunto es que la “señora” fue directo hasta donde estaba Lorena y le estampó un beso en la boca, mientras que con la mano derecha le agarraba disimuladamente una nalga. Terminé el cigarrillo y me quité el sombrero para lanzar una última mirada al interior de la tienda.

Pensándolo bien, no estaba seguro de que se tratara de Lorena. Incluso creo recordar que su espalda no era tan ancha, que su cabello era un poco más claro, que sus piernas parecían demasiado delgadas.

¡Por un carajo! ¿Dónde andarás, Lorena?

Esconderé esta foto lo más posible.

Semblanza:

Paulo Neo nació en noviembre de 1980, en Santa Cruz, Argentina. Ávido lector, desde los 13 años escribe canciones. Durante más de una década hizo música y radio. Algunos de sus textos participaron de antologías publicadas en España. También ha colaborado en diversos medios de Argentina, Perú, Colombia y México.

Su libro Microficciones Ilustradas fue publicado en 2015 por la Editorial Libris y cuenta con ilustraciones del artista plástico mendocino Andrés Casciani. Actualmente se encuentra trabajando en un próximo material llamado «Amor sonámbulo», a publicarse en breve en Estados Unidos, México y Colombia.