Cuento «Del mar venimos» por José Ángel Leyva

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Del mar venimos

Si alguna razón tuve para llegar hasta aquí, no la recuerdo; la perdí justo en el momento en que me hallé frente a este mundo. Anduve no sé durante cuánto tiempo vagando por sus playas, y muchas veces me preguntaba inútilmente  por qué andar aquí tan solo, sin amigos, intentando comprender las causas que lo impulsan a uno a dialogar con otro. No sentí nunca la necesidad de tener que decir algo de apariencia interesante, ya no se diga inteligente, o sonreír para ganarme al prójimo. Estaba dominado por el desinterés y la abulia, sólo me motivaban el hecho de estar y de permanecer para el siguiente día. Hasta hace tiempo viví a la orilla del mar. Tenía mi casa sobre unas grandes rocas. La ciudad, construida sobre las montañas, está cortada por los acantilados.

Nunca me había atrevido a descender y a caminar entre la gente que se baña temerariamente en las orillas; no obstante, pudo más la curiosidad que la prudencia y un día abandoné mis labores cotidianas para conocer más de cerca a los bañistas y el paisaje que veía desde arriba. Al llegar a la parte baja de los acantilados, la visión de la ciudad se transformó en una estrujante realidad. Las paredes de piedra caen encima del agua en forma de pesadas sombras y la bahía se ve como una herradura hermética que se abre disimuladamente hacia el océano. Cuando las aguas se retiran por efecto de la marea, únicamente queda en su mayor parte un lecho de guijarros y de rocas; en algunos sitios el suelo es lodoso y arenoso en otros. No sé cómo ni por qué, los edificios descargan sus desechos en ese punto donde se juntan los extremos de la herradura. Los hoteles y las oficinas evaden, no sé cómo, los controles sanitarios para evitar que vayan a dar a este lugar público.

Había individuos que extrañamente no hacían ningún esfuerzo por alejarse del lugar donde las descargas de aguas negras liberaban un olor nauseabundo. El sol brillaba intenso y pensé que era un bonito día para hacer turismo por la zona. Los bañistas se entretenían  de muy buen humor jugueteando en el fuerte oleaje. De pronto vi cómo el mar, al retirarse algo más de lo usual, dejaba al descubierto un abismo. Caminé para ver más de cerca el sitio donde el agua desaparecía como en una garganta. La textura musgosa de las algas me hacía resbalar; además, debo aceptar que se debía esencialmente a mi falta de experiencia en estos terrenos. La imagen del horizonte se llenó de la brisa que el agua marina dejaba al retirarse cada vez más, al hundirse en ese inabarcable sumidero.

La borrasca oscureció el entorno y las piedras se hicieron casi negras. La soledad hizo mella en mi espíritu y ese instante se ensanchó tanto como el deseo de encontrar a alguien con quien compartir la experiencia de abandono y a la vez de encuentro con algo tan descomunal. Mi instinto de conservación me despertó del azoro y observé cómo los charcos entre las piedras comenzaban a temblar y la vibración en mis pies se hacía más intensa. Corrí hacia la orilla. No sabía si lograría llegar hasta un lugar seguro, pero mi cuerpo estaba obedeciendo al máximo la orden de no escatimar esfuerzos para ponerse a salvo. Todos los sentidos percibieron el retorno del mar, que bramaba y rugía de forma aterradora. El vacío se iba llenando con la furia de un gigante que extendía su volumen de un continente a otro. El agua desbordó la garganta y se vino encima con toda su potencia. En realidad lo que me estaba llegando eran sólo sonidos y le sensación del agua. Aún estaba lejos la masa arrolladora. También en mí algo se iba llenando desde el fondo, algo que se había ido y ahora regresaba. El vacío de mi existencia, pensé, la desaparición de la memoria de lo que fui y debí ser antes de conocer este lugar está retornando en toda su magnitud.

Al fin alcancé el macizo de piedra y me atenacé a las salientes del cantil. El mar hacía su aparición. Una pareja que se encontraba cerca de mí me llamó para que me desplazara a un lugar más seguro, que era donde ellos estaban colocados.

—Es usted extranjero, ¿no es verdad? Todas hacen lo mismo cuando vienen a bañarse a este lugar.

Imprudentemente van a asomarse al sumidero y no logran sobrevivir para contarlo. Lo que sucede es que cuando la marea baja es muy atractiva,  pues la cascada queda al descubierto. Yo la he visto muchas veces y en verdad nunca deja de admirarme. Pero yo soy de aquí y conozco el movimiento. La muerte es hipnotizante, ¿no le parece? Qué afortunado es usted porque podrá contarlo. Bueno, eso será si resiste la marejada que ya está sobre nosotros. ¡Agárrese fuerte! –el sujeto no paraba de hablar aun cuando el mar tiraba con tanta fuerza que sentí que me desprendía de mi sitio.

Al tipo y a su acompañante femenina les divertía enormemente la situación; creo que a ella no tanto como a él. Dejé de verlos cuando el agua nos inundó y experimenté la verdadera fuerza y su volumen; no podía dar crédito, ni siquiera suponer cuánto líquido estaba ejerciendo su poder sobre nuestros cuerpos minúsculos. También mi espíritu se iba colmando de sentidos. Estaba consciente de que tenía encima de mí tal cantidad de agua que acá abajo se estacionaba para dejar en la superficie el ímpetu de la marejada. Insignificancia ante el avasallamiento de la naturaleza, impotencia ante su magnitud. Desde arriba, desde la ciudad, no es tan impresionante el mar, pero en la proximidad y no se diga en su interior es fascinante y a la vez terrorífico. Las corrientes continuaban tirando sobre mi cuerpo y al fin lograron zafarme de la piedra. No puedo decir que nadaba o que buceaba, sino que literalmente rodaba en el vértigo de ese flujo oceánico que todo lo arrastraba a su paso. ¿Qué hay más grande que el mar?, pensé mientras me hundía en una especie de inconsciencia y de abandono a lo inevitable.

Al abrir los ojos unos tipos muy fuertes me sostenían muy cerca de la playa, pero aún del lado de las rocas, donde el mar agitado nos zarandeaba con energía. Debajo de la superficie logré distinguir las figuras de unos buzos de rara apariencia que se adherían a las piedras con una especie de ventosa y llevaban el cuerpo envuelto en un saco grueso y áspero. Quienes me habían salvado eran similares a mí. Enseguida vinieron otros seres de apariencia aún más extraña y ante nuestros ojos se zambulleron para colocarse uno encima de otro y permitir que los de hasta abajo realizaran una serie de trabajos. “¿Qué hacen?”, pregunté. El que estaba a mi lado me respondió que estaban reparando “no sé qué demonios de su hábitat que destruyó la marea”, me dijo comprensivo mientras me daba unos golpecillos en la espalda. Me intrigaban los que se aferraban con las ventosas  y pregunté cómo se llamaban. “¿Cómo, no lo sabes?”, me respondió uno de mis salvadores.  “Tenía razón yo cuando les aseguré a éstos que tú no eras de por aquí. Si no anduvieras a la deriva por andar fisgoneando donde no debes. Ésos son percebes. No me digas que tampoco sabes a qué familia pertenecen esos otros que andan haciendo reparaciones? Reconocí al tipo que vi antes con su pareja y moví negativamente la cabeza. Rieron todos a carcajadas, supongo que les hacía gracia mi ignorancia y mi expresión de pasmo. “Son moluscos. Caray, me dijo otro, no dudaría que ni siquiera sepas quién o qué eres tú”. No contesté nada, sólo me limité e mirarlos incrédulo de que me hubiesen descubierto. Me sentí desnudo y totalmente desarmado. Me echaban en cara las mismas interrogantes que yo me hacía antes y que al no encontrar respuestas dejé de formularlas. Si me las hacían al menos tendrían alguna pista. “¿Y quién soy?”, balbuceé. Volvieron a reír divertidos. “Mírate y míranos, ¿de verdad ignoras quién eres?”. “Sí”, respondí vehemente. “Somos cangrejos y tú eres un cangrejo. Yo no sé quién seas tú, pero al menos eres como nosotros, eres lo que somos nosotros, un cangrejo.  Eso creo que ya es algo, ¿no te parece?”, me dijo el más viejo. Eché la vista sobre ellos y descubrí que allí había cientos de nosotros curioseando y buscando algo para comer. Todos, como yo, tenían pinzas y un cuerpo macizo. Pensé que compartíamos por igual la sensación de humildad ante la fuerza del mar y no me desmintieron.

“¿Cómo te llamas? me preguntaron”. No supe responder. “No te preocupes, el nombre es lo de menos si no te importa que alguien más te llame, pero si deseas que alguien se refiera a ti en particular, que se dirija a ti específicamente, te propongo que seas uno más. Sugiero que te llames Uno”. Acepté gustosamente el nombre. Y todos se echaron a reír una vez más ante la ocurrencia; yo con ellos, por contagio, pero sin entender el motivo.

Pasaron días y comenzaba ya a habituarme al paisaje y a la dinámica de las fuertes mareas. No obstante, no dejaba de padecer una terrible noción de desamparo y de impotencia ante la fuerza arrolladora del océano que todo lo arrastraba a su paso, y nosotros no éramos la excepción. En una ocasión descendieron unos hombres de la ciudad para nadar entre las rocas. Cuando las olas crecieron sus cuerpos quedaron despedazados en los riscos. Ante esa demostración de poder no me cupo la menor duda de que ni siquiera esas criaturas tan poderosas, como son los humanos, están fuera del peligro. Una muchedumbre de nosotros atestiguaba el suceso. “Qué absurdo, dije en voz alta, qué hacemos aquí, luchando contra esta fiera de agua. Acaso esperando a que nos mate como a ésos”, y apunté con una tenaza los cadáveres. Emergía una vez más el desasosiego acerca de mi origen, de cómo llegué hasta donde hoy me encuentro. En eso estaba cuando la marea descendió de nuevo y desapareció en la abismal garganta. Caminamos por los charcos y los guijarros en busca de comida. Definitivamente no estaba conforme con esta vida, pero ya me resultaba difícil pensar en alejarme de la comunidad de nosotros. El retumbo marino me sacó del ensimismamiento y corrí con los demás hacia un lugar seguro. “¡Qué insignificantes somos en manos de la naturaleza!”, pensé, y grité con energía para que me escucharan los otros: “¿para qué vivir en el mar temiéndole a su fuerza?, ¿para, qué?”. Sólo el ruido inmenso de las aguas colmando la garganta parecía que iba a responder, cuando a mi lado una voz tímida y muy dulce se abrió paso entre el estruendo y el silencio y me dijo: “Uno, no te dejes intimidar, el principio y el fin nos son ajenos, pero la vida es tuya, nuestra. No sabemos para qué, sólo aprendemos cómo”. Cuando el oleaje llegó arrasando lo que había en su paso, ya no pensaba en mis tribulaciones existenciales, ahora tenía la urgencia de encontrar la voz. Así de simple, no me importaba para qué o por qué, sólo deseaba entender el cómo.

 

Semblanza:

 

José Ángel Leyva. Nació en Durango, Durango, el 11 de enero de 1958. Poeta, narrador, editor y periodista. Se graduó en medicina humana en la Escuela de Medicina de la Universidad Juárez del Estado de Durango, y estudió la maestría en letras iberoamericanas en la FFyL de la UNAM. Ha sido director de proyectos editoriales de Juan Pablos Editor; redactor y reportero, y más tarde director de la revista Información Científica y Tecnológica; director y jefe de redacción de la revista Nuestro Ambiente; director editorial de la revistaMundo (culturas y gente); director editorial de Memoria; director de la revista Fundación Rosenblueth, y codirector de Alforja, revista de poesía. Premio Nacional de Poesía Olga Arias 1990 por Entresueños. Premio del XXIX Certamen Nacional de Periodismo 1999 en el área de periodismo cultural otorgado por el Club de Periodistas. Segundo lugar en el certamen nacional de poesía convocado por la Universidad Veracruzana, 1994.