Crónica «Entre la mujer del mar y salas de espera» por Juan Eolo

Antes de que caiga la noche, sentados en viejas vigas de tren sostenidas por dos pilas de llantas, refugiados entre muros de tela y plástico, voces, humo y velas, en un pequeño punto dentro del campamento, un joven me pregunta si sé cómo se dice guetto en español. Le respondo que se dice igual, que es un término común en todas las lenguas. Sonríe levemente, quizás porque puedo entender lo que esa palabra expresa y lo que él quiere decirme.

Al lado de la estación de trenes de Fes se encuentra una de las tantas salas de espera que se extienden por el territorio marroquí; una más: silenciada e invisible. En medio de la ciudad están varadas más de mil personas de distintos países de África.

A casi seiscientos kilómetros de la frontera, agotados, desterrados, despojados y desesperados, aguardan pacientemente a que llegue el tiempo en que puedan cruzar. Entre los muros que los separan de la ciudad, de la vida marroquí, del mundo, las voces se envuelven entre el francés, el wolof, el bambara o el douala. Dentro del campamento se espera, se ríe, se piensa y se anhela; uno, dos, cuatro, cinco, son los años que se agolpan en cada uno de ellos. Parece increíble que se pueda aguantar tanto tiempo; golpea constantemente los medios y las circunstancias. ¿Hacia dónde puede uno mirar? Alguno de ellos, cargado de buen sentido del humor, vocifera que ese pequeño territorio, olvidado, no es otra cosa más que la república de los clandestinos.

Por la tarde un senegalés, de los pocos que hay por el campamento, dice que antes de intentar seguir su camino hacia el norte, hacia Europa, estuvo trabajando durante tres años en el negocio del oro en Guinea Conakry. Un trabajo duro, no sólo por lo complicado de encontrar y limpiar las pepitas, sino por todo lo que hay después de este proceso: todas las mafias y redes de contrabando que se tejen a su alrededor. El oro, comentaba, después de ser sacado de Guinea de forma irregular, lo llevaba a Senegal para venderlo sobre todo a europeos y sirios adinerados. El principal problema que encontraba era eludir a todos los intermediarios. Le era muy difícil tener cierta autonomía, pues sin un padrino o un jefe, el cual evidentemente exigía comisiones, era prácticamente imposible poder vender el oro o conseguir un buen precio. La mayoría del dinero que ganaba se iba en sobornos y en pagos para establecer buenos contactos. Sin muchos beneficios volvía a Guinea y el círculo volvía a empezar. Cansado de esta situación decidió emprender su travesía hacia el norte.

Seis años son los que lleva en Marruecos. Al principio tenía pequeños trabajos que le permitían intentar cruzar, pero de un tiempo para acá, más o menos dos años, la situación ha empeorado para la gente que no tiene papeles. El trabajo, por más precario que sea, es inexistente. Como muchos otros de los que viven en el campamento, a la deriva en un país hostil, vive únicamente de lo que la gente les puede dar a las afueras de las mezquitas.

«Tiempo es tiempo», el amigo senegalés me dice, un tanto reflexivo, después de que le mencionara que seis años eran bastantes; después de que intentara preguntarle si valía la pena esperar, dejar a la familia atrás, no poder verla y, por supuesto, no poder regresar. «Tiempo es tiempo», una frase sencilla y concisa, para muchos vacía por su ambigüedad; a él le ofrecía esperanza, firmeza, una corazonada. Pero nadie sabe qué pasará. ¡En eso consiste el impulso, la gracia! Porque entre tantos misterios sólo existe una gran verdad: estamos condenados a morir. ¡Ésa es la hazaña! La dialéctica del tiempo es vida o muerte, así sin más. Mientras tanto, antes de la llegada de esa certeza, lo que queda es seguir un sueño, seguir adelante… y esperar. Pero ¿bajo qué circunstancias se espera? ¿En qué clase de mundo estamos montados? ¿Hacia dónde voltear? ¿Hacia dónde gritar? ¿Qué es lo que se espera, mientras proliferan los discursos hipócritas que apelan a la igualdad, o cuando los derechos humanos suenan y resuenan de aquí para allá? ¿Cómo uno puede calmarse cuando se sabe que Europa, y todas las potencias económicas, requieren de latifundios, de masas trabajadoras sobre las cuales sentarse para poder disfrutar de la comodidad, el orden, de su “bendita” democracia, dar por un lado y quitar por el otro mientras se sacuden con golpes de pecho?

La impotencia late en la sombra.

Los dos fumamos. La gente, sentada en las vigas contiguas, habla. Él le da una calada a su cigarro y, quizás para profundizar en el tema del tiempo, me cuenta una pequeña historia.

Al salir de Senegal cruzó por Mali, una tierra difícil por los conflictos que la asolan y por la profunda y estricta religiosidad de muchos de sus habitantes. Antes de partir y llegar a aquel país, alguien le aconsejó que cruzara con su pasaporte en un bolsillo y con el Corán en el otro. A los pocos días de llegar a Mali y de ir siguiendo su ruta hacia Marruecos lo detuvieron en un retén militar. El oficial que estaba a cargo lo inspeccionó. Miró su pasaporte y al registrarlo encontró el Corán. Le preguntó si lo leía; él contestó que sí, que lo hacía habitualmente y por eso lo llevaba consigo. Aquel militar supo muy bien a dónde iba y por qué, así que le preguntó: «¿A qué vas a Europa?, ¿a beber alcohol, a olvidar tu religión?». Él no contestó. Sin decir nada le indicó que subiera a su jeep. No sabía a dónde lo llevaba. Después de un rato se detuvieron en una casa; bajaron del jeep y entraron. «Mira», el militar le dijo de pronto, «ésta es mi mujer y ellos son mis hijos». La inesperada presentación del núcleo familiar pretendía ser una terapia de choque, una terapia que intentaba hacerle ver que había cosas más importantes que llegar a Europa. De alguna manera el militar lo adoptó; permaneció cerca de seis meses con él y su familia. A pesar de que le ofreció trabajo y una casa, un día decidió continuar su camino. Así se lo hizo saber y aquel hombre no dijo más; sólo le ofreció su mano y dos mil dólares.

Al terminar de contarme la historia, sentado, sonríe y me dice que sigue teniendo comunicación con el militar de Mali, que de hecho ese día lo va a llamar por teléfono. Después de decírmelo vuelve a sonreír; me mira como si me estuviera preguntando si lo veía, si lo comprendía. Lo único que puedo hacer es devolverle la sonrisa. A lo mejor no había entendido nada y quizás por eso vuelve a hablar para decirme que pudo haberse quedado en Mali ganando mucho dinero, que el negocio del tráfico de armas, al que el militar se dedicaba, era muy rentable, pero que eso no lo quería, que quería otras cosas. «Qué más da si muero aquí o si lo hago en el mar», me dice de pronto, «he estado en el desierto, he estado en muchas partes, en cualquier parte puede llegar: tiempo es tiempo, sólo hay que continuar».

Días antes, en un bar camerunés, escondido en la periferia de Tánger, otro hombre de mediana edad me comentaba que todos los que emprendían el viaje —y señaló a la gente que estaba ahí reunida bailando, comiendo y bebiendo (cosa impensable en Marruecos)—, sólo tenían dos opciones: cruzar o morir, como muchos de sus hermanos, en las manos de las tropas marroquís o en las fauces del gran pez que habita en el mar. «Porque sí», me decía dolido después de que me explicara brevemente el relato bíblico de Jonás y la ballena, «mucha de nuestra gente que ha intentado saltar la valla ha sido asesinada y enterrada por Marruecos sin que sus familias sepan dónde están; pero también hay más hermanos que no han llegado, que se han ahogado. Aquí nadie dice nada».

Porque aquí y allá, las muertes y los asesinatos se ignoran. El shock que ocasiona Marruecos en muchas de las personas que permanecen ahí, aguantando, soportando un sistema que los reprime, provoca que muchas preguntas surjan, que la gente se politice.

Aquel hombre camerunés no podía comprender, como muchos otros, por qué no podían desplazarse de un lugar a otro; por qué las fronteras estaban cerradas para unos y abiertas para otros; no podía entender cómo era posible que después de tantos años de explotación y sumisión, de algún u otro modo, las cosas parecieran ser las mismas. «La esclavitud no ha terminado», dijo un amigo suyo después de oírlo, aludiendo a la deuda colonial que Europa tiene con todos los países de África.

Al llegar la noche, en el campamento de Fes, sentados en las mismas vigas de tren, resguardados por los mismos plásticos, mientras las velas dan un poco de luz al refugio y se espera que la comida esté lista, otro camerunés me cuenta la leyenda de la mujer del mar que habita en una de las playas de Douala.

—Dicen que su encuentro trae buena suerte, que puede cumplir cualquier deseo; dicen que habita en las profundidades. Muchas personas intentan buscarla, y por eso se sumergen, nadan lo más hondo que pueden; muchos nadan tanto, con tantas ganas de verla, que terminan ahogándose.

Su voz se extiende suave, casi como un susurro. Las velas le iluminan un costado del rostro.

Del otro lado, sentados en las vigas de enfrente, la gente conversa.

En silencio, pienso en la mujer del mar; intento imaginar a todas esas personas que han ido y en las que irán en su búsqueda. El gran pez, la ballena de Jonás, aparece en el Mediterráneo. La mujer del mar se esconde… más allá de aquella playa de Douala.

La gente espera que caiga la noche. Fuman, cantan, ríen.

Otro día… uno más.

Callado, pienso en Nador, en un año atrás, cerca del Gurugú… recuerdo otra sala de espera…

—Dentro del bosque se espera, ¡sé está tan cerca! Se espera tanto que a veces quema. Arden los ojos cuando se mira al cielo, cuando el sol sale de nuevo. Agota saber que los días pasan, que nada se mueve. Desespera ver a los niños entre los árboles, silenciosamente apresados, jugando y riendo, ignorando que se aguarda la llegada a un nuevo sitio; asusta contarles historias maravillosas que suceden, sucederán y han sucedido fuera del bosque… Pero lo que más agota es ser presa del miedo, de saberse siempre vigilado; siempre huyendo, en alerta, como un animal encerrado en un coto de caza. Asfixia tener que esperar a que llegue el tiempo en que se pueda cruzar y que la buena voluntad de dios aparezca. Rezo todos los días mientras espero, mientras la noche y el frío me recuerdan que aquí sigo: un mes más, un año más… ¿Cuánto tiempo?

Abajo, fuera de los límites del bosque, justo ahí donde una carretera regional se aleja de Zengangan, la gente inunda la calle desde temprano: esquiva motos, llena autobuses y taxis. Los carritos de verduras tirados por burros viejos y cansados peregrinan por las esquinas, mientras a las terrazas llegan hombres a beber té. Hace unas horas que ha resonado el llamado al primer rezo del día. La actividad ha comenzado: cambio de divisas, transacciones, rebajas y aumentos de las cotizaciones, productos de buena calidad, de segunda mano, de imitación… Arriba, en el monte, se espera.

Cada noche, cada día, el bosque crece. Y como la naturaleza del hombre es sabia, racional y ordenada, al igual que la gloria de un dogma, para evitar que aquellas sombras que se mueven entre los árboles aumenten desproporcionadamente, como una plaga, como la peste negra, gendarmes y policías hacen de la noche el día y con ayuda del fuego y palos las ahuyentan para que no vuelvan más. Aunque pueda verse a lo lejos el ascetismo de los árboles que cubren los relieves del monte, en el fondo, en sus profundidades, el bosque no deja de moverse. Avanza y se repliega.

Para llegar al bosque hay que andar un largo camino. Normalmente se llega descalzo, con la piel curtida y llena de llagas, con la mirada y la ropa arañada, cubierto por el fino polvo rojizo del desierto, pero sobre todo por el de la impotencia; se llega a él habiendo descendido lentamente por las áridas planicies de la Historia, escalando sus escarpados límites y nadando por sus estancados cenagales. No es fácil, el camino es confuso y contradictorio. Por eso se llega como se puede: riendo al ver en el horizonte el mar, perseguido por el hambre y por la muerte, pero también desolado ante el hecho de haber llegado a un punto en el que es imposible poder regresar.

 

Tánger/Granada-7 de mayo-2017