Correspondencias

En la Rusia imperial del siglo XIX, las cartas sostenían vidas enteras. Piotr Ilich Chaikovski y Nadezhda von Meck se escribieron durante trece años sin llegar a conocerse verdaderamente. 

Él, un compositor atravesado por la ansiedad, el miedo al escándalo por su orientación sexual y la sensación permanente de extranjería frente al mundo. Ella, viuda y dueña de una fortuna ferroviaria, financió su obra mientras intentaba sobrevivir las restricciones impuestas a las mujeres de su época. 

Estas cartas imaginan el periodo posterior al fracaso matrimonial de Chaikovski en 1877 y su huída de Rusia. No intentan reproducir documentos reales —son ficticias—, sino conservar el tono emocional y la intimidad intelectual que distinguieron en su correspondencia real. Entre rumores, viajes y enfermedades nerviosas, ambos encontraron en la escritura una manera de permanecer acompañados a distancia.

Clarens, Suiza

14 de octubre 1877

Mi querida y excelente amiga: 

He recibido su carta esta mañana y no exagero al decirle que me encontraba en uno de esos estados de agotamiento moral en que una palabra amable basta para impedir el derrumbe completo de los nervios. 

He pasado gran parte de los últimos días frente al lago Léman sin lograr escribir una sola nota. Continúo lejos de Moscú y no lamento la distancia. Mi matrimonio pertenece ya a esa categoría de acontecimientos sobre los que apenas consigo pensar sin experimentar una fatiga inmediata. No culpo a Antonina. Le ruego incluso que nunca imagine en mí una crueldad semejante. Es una mujer desafortunada y probablemente mucho más digna de compasión que yo mismo. Pero existen uniones condenadas desde el inicio por alguna incompatibilidad esencial imposible de explicar con racionalidad.

Comprendo ahora que intenté forzar mi vida hacia una forma que jamás podía pertenecerme. Pensé, tontamente, que el matrimonio podría devolverme cierta calma, cierta dignidad frente al mundo. Quise una vida tranquila. No exactamente feliz. Tranquila, al menos. Quise ser un hombre distinto. El resultado fue una especie de desmoronamiento interior que todavía no consigo superar del todo.  

Me despierto durante la noche con el corazón desbocado, como si alguien golpeara desde dentro de mi pecho. Entonces salgo a caminar durante horas. 

Aquí, los montes son silenciosos y terribles. Todo parece demasiado puro para un hombre tan confundido. 

A veces pienso que los seres humanos cometemos el error de creer que la voluntad basta para modificar la naturaleza más profunda del alma. 

Y sin embargo, querida amiga, usted continúa escribiéndome. No imagina cuánto alivio encuentro en sus cartas. Hay días en que su caligrafía me parece más necesaria que la comida. Usted ha hecho por mí algo que nadie había conseguido antes: permitirme existir. 

Rusia queda lejos. No sé cuando regresaré definitivamente. Por ahora prefiero permanecer donde nadie me conozca demasiado bien. 

Le ruego me perdone esta carta tan sombría. Tal vez mañana despierte distinto.

Le estrecho afectuosamente la mano y permanezco siempre suyo y profundamente agradecido,

P. Chaikovski. 

Brailov

Noviembre de 1877

Mon cher ami Piotr Ilich: 

He releído sus últimas cartas y vuelvo a sorprenderme de la extraña tranquilidad que dejan en mí. Es una sensación rara. En el mundo abundan las conversaciones y escasea profundamente la franqueza. Las personas rara vez se muestran como son.

Su última carta me produjo una tristeza inmensa, pero también alivio. El alivio de saberlo vivo. Usted habla de sí mismo como si fuera un hombre destruido y, sin embargo, incluso en el dolor continúa observando el mundo con una sensibilidad extraordinaria. Tal vez ahí resida precisamente su sufrimiento.

No debe avergonzarse de haber intentando ser feliz según las reglas que le impusieron desde niño. En Rusia se exige a los hombres una fortaleza teatral y a las mujeres una obediencia igualmente teatral. Pocos sobreviven intactos a esa representación interminable. Ambos conocemos, aunque de maneras distintas, lo que significa vivir bajo la mirada ajena. 

No ignoro los privilegios de mi situación. La fortuna de mi difunto esposo me concede libertades que muy pocas mujeres poseen en Rusia. Sostener, por ejemplo, el trabajo de artistas como usted sin pedir permiso a un padre o a un marido. Pero incluso esa libertad exige discreción. La sociedad tolera cierta independencia femenina únicamente cuando permanece silenciosa. Un hombre puede arruinar un banco y seguir siendo considerado respetable; una mujer que sostiene el arte despierta inmediatamente sospechas. 

Le suplico algo: no vuelva demasiado pronto a San Petersburgo ni a Moscú. Permita que el extranjero le devuelva lentamente el cuerpo y el espíritu. Usted pertenece mucho más a la música que a la vida rusa, con sus salones llenos de uniformes, rumores y apariencia. 

Cuide sus nervios, querido amigo. Rusia produce inviernos interminables y médicos decepcionantes; conviene no confiar demasiado en ninguno de los dos.

Camine, descanse, escriba únicamente cuando lo desee. Y continúe enviándome noticias. Sus cartas se han vuelto parte de mi vida cotidiana. 

Le estrecho afectuosamente la mano desde Brailov y permanezco siempre afectuosamente suya,

Nadezhda von Meck. 

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