Conversando con David de Juan Marcos (parte 5 y última)

―El ladrón de vírgenes es tu tercera obra y también fue acogida con entusiasmo. Sin embargo, algunos lectores (pocos, supongo) echaron de menos la raya de diálogo. Yo la leí hace ya mucho, pero si no recuerdo mal, la novela contiene más elementos innovadores. ¿Te consideras vanguardista? ¿Tratas de reinventarte en cada trabajo? ¿Miras hacia delante, más bien hacia atrás o un poco hacia todos los lados?

El ladrón de vírgenes es, probablemente, la obra con la que menos me identifico a día de hoy. Incluso he llegado a pensar que no debería haberla publicado, no tanto por un juicio severo sobre su calidad, sino porque con el tiempo la percibo como algo ajeno, como si perteneciera a una etapa o a una voz narrativa que no terminó de cuajar en mí. Curiosamente, para algunos lectores es una de sus favoritas, tal vez por su ritmo más ágil y su estructura próxima a la novela de aventuras. Esa recepción me resulta valiosa y me reconcilia en parte con el libro, pero no modifica la sensación íntima de que esa historia va por un camino distinto al que a mí me interesa como lector y como autor.

»Respecto a la innovación, no me considero un escritor vanguardista. No escribo con la intención de romper con nada ni de imponer una forma nueva de narrar. Mi única preocupación es que cada historia encuentre su manera de ser contada. A veces eso implica experimentar —y fracasar, en muchos casos—, y otras, adoptar sin culpa estructuras clásicas. No busco una coherencia formal entre libros ni una marca de estilo reconocible. Al contrario: cada novela me obliga a empezar de nuevo, a encontrar una voz, un ritmo, un léxico, una arquitectura propia, adecuada a lo que quiere ser y necesita esa historia.

»No miro hacia delante ni hacia atrás de forma programática. Es más bien una cuestión de atención: algunas historias exigen una mirada al pasado, a los modelos que han resistido el tiempo; otras, explorar los márgenes, o lanzarse hacia adelante sin red. Lo importante es que sea la historia la que marque el rumbo. Esa fidelidad me lleva a hacer cosas distintas en cada novela, y también a dudar, a equivocarme, a avanzar lentamente. Quizá por eso tardo tanto en escribir.

Conocí a David en Libros 28. He leído sus cinco novelas. Coincido con él en su apreciación sobre El ladrón de vírgenes. Coincido con él en su visión sobre la Literatura. Conocí a David en 2017, y como dije en algún momento, aunque solo han pasado ocho años, la sensación no es esa, pues siento que ha pasado mucho más tiempo, seguramente porque nuestro universo literario ha menguado, se ha alejado, queda tan lejos aquello que conocimos, y recuerdo que lo presentí, presentí la sombra que se cernía sobre lo literario, sobre nosotros, y ahora, ocho años después, todo es sombra.

La suerte es que lo brillante luce más en la sombra. La suerte es que los escritores sacan lo mejor de sí mismos cuando las condiciones son adversas. La Literatura parece condenada, sí, pero la suerte es que nosotros, como individuos, aún tenemos una oportunidad.

Salir de la versión móvil