Conversando con David de Juan Marcos (parte 2)

―Tu penúltimo trabajo, Desde que me quedé sin dioses, tenía argumentos para convertirse en un superventas, pero sospecho que no ha sido así. Esta obra es ensayo, es biografía, es novela y es, sobre todo, literatura. No sobra ni falta nada, y puedo decir que es lectura amena, fascinante y, de algún modo, trascendental. Encima de todo eso, había una editorial potente detrás. ¿Qué nos puedes decir? ¿Se han cumplido tus expectativas? ¿Piensas que una obra demasiado buena difícilmente puede ser comercial?

―Si el cura y el barbero de don Quijote vinieran a quemar mis libros, Desde que me quedé sin dioses sería, sin duda, el que intentaría salvar del fuego. Es el libro del que me siento más orgulloso. No afirmo que sea una gran obra —eso no me corresponde a mí decirlo—, pero sí puedo asegurar que es, sin duda, lo mejor que he escrito. Aún hoy me reconozco en sus páginas, y siento que, por momentos, logré acercarme a ese imposible de que el libro imaginado y el libro escrito se parezcan.

»Para quien no lo conozca, Desde que me quedé sin dioses transita entre los límites de la ficción y la memoria, y narra una historia real: la del doble exilio de una familia palestina, primero hacia Siria y luego hacia Europa. Su escritura fue, además, una experiencia profundamente enriquecedora. Tanto, que decidí incorporar parte de ese proceso dentro de la propia obra. Esa elección terminó siendo un acierto: aportó una nueva capa de lectura a la historia de mi amigo Momo. 

»En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, daría para una conversación larga. El destino de un libro en el mercado depende de múltiples factores. La calidad del texto es solo uno de ellos, y ni siquiera el más decisivo. Desde que me quedé sin dioses fue finalista de cinco o seis premios importantes de novela. No ganó: quizá porque había obras mejores, o quizá porque, como señalas, no es una novela en sentido estricto.

»Luego llegó la pandemia. Las editoriales, abrumadas por un exceso de títulos, paralizaron la adquisición de nuevas obras. Cuando finalmente logramos que una editorial apostara por el libro, el proceso fue caótico e inverosímil. Algunas posibilidades de traducción se vinieron abajo por detalles difíciles de creer. A eso se sumaron la crisis del papel, el desmantelamiento de la editorial y una promoción del todo inexistente. La publicación se retrasó hasta julio, un suicido en términos de lanzamiento de novedades editoriales. Para entonces, además, los temas que abordaba Desde que me quedé sin dioses —Palestina, la guerra en Siria, el drama migratorio— ya no ocupaban el centro del debate público. Paradójicamente (y tristemente), hoy esos mismos temas vuelven a abrir los telediarios.

»Todo esto hizo que el libro pasara prácticamente desapercibido. Y ya se sabe: de lo que no se habla, no existe. Me consuela que al menos las críticas que recibió fueron excelentes, y que es un libro que los lectores recuerdan con mucho cariño.

»Curiosamente, Desde que me quedé sin dioses tuvo una segunda vida en México, donde sí contó con una campaña de promoción adecuada y logró encontrar a sus lectores.

Suelo decir que toda obra ha de aportar algo si quiere ser literatura. Con Desde que me quedé sin dioses, David de Juan Marcos aporta mucho, lo aporta bien y lo aporta con sencillez, con humildad, con la vista puesta en un horizonte puramente literario.

Lee la parte I de esta entrevista: https://revistaliterariamonolito.com/conversando-con-david-de-juan-marcos/ 

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