Beethoven frente a la tragedia y las re-voluciones del universo

Ya he hablado en la entrega pasada de que Beethoven fue capaz de elevarse por encima del sentido y entendimiento común para, de esta forma, mostrarnos el divino sonido de las estrellas. Sin embargo, como todo ser enigmático, Beethoven siempre andaba mal vestido, sucio, siempre tuvo un enorme desapego por las cosas materiales, así como también por las reglas sociales y de etiqueta.

El compositor alemán estaba demasiado perdido en la contemplación y pensando en la música que no se fijaba en cosas banales como vestir a la moda.

Por supuesto, eso le causó varios problemas en su vida diaria, por eso es que Beethoven siempre se halló en guerra consigo mismo, la cual iba acrecentándose conforme perdía el oído. Este hecho le deprimía y le enfurecía más y más, cosa que es totalmente comprensible. Recordemos, por ejemplo, los casos de Camille Claudel o Hölderlin quienes, entre un sinfín de artistas, estaban como muertos en vida por haber sido apartados de lo que más amaban hacer en la Tierra: arte.

Lidiar consigo mismo es una guerra interminable; el universo mismo es una guerra. El universo es una tensión de fuerzas opuestas, avasallantes e incontenibles. Ya Hesíodo nos lo retrató en su Teogonía. Es decir, al tiempo en que nacían las hijas de la Noche, nacían a su vez las hermosas Musas. La guerra, esto es, la tensión de fuerzas, es algo que nos constituye, y constituye al universo: es una tensión armónica.

Eso es la música, es la unión indiferenciada de fuerzas. La música es un símbolo. Mas Beethoven hizo de esa guerra, de esa tragedia, el tema principal de sus sinfonías. “Lo temático no es la melodía. El tema, los motivos, los gestos melódicos son, aquí, los signos de velocidad, crescendo, diminuendo, o los contrastes de intensidad, piano, sforzando, forte, fortissimo”. (Eugenio Trías, 2010).

Por ejemplo, el músico alemán veía en la figura de Napoleón un aire renovado de goce, de cambio; surgía ante él un hombre en el cual la humanidad entera podía identificarse. Lo expresó muy claramente en el primer movimiento de Eroica. Mas, casi en seguida, nos regresa a la cruda e injusta realidad, comienza la Marcia fúnebre… Beethoven ha matado al héroe.

De un modo muy romántico y a sólo un paso de perder la batalla, sale a la luz una ligera esperanza, como si se recordáramos –en el Scherzo, Allegro vivace–, las grandes hazañas del héroe fallecido. Por último, para consumar el júbilo –en el Finale, Allegro molto–, despierta de nuevo el valor y la fuerza, nos hace ver que no era acerca un héroe, sino del heroísmo, de la vida y la libertad.

Esto hay que recalcarlo, Beethoven al componer, literalmente, se debatía entre la vida y la muerte. Las vicisitudes de la vida le estaban superando, su capacidad auditiva disminuía y eso le carcomía por dentro.

En un principio, el músico no era capaz de comprender que si la vida le había arrebatado el sentido del oído, quizá era para que dejara de distraerse con el ruido infernal del mundo moderno y se dedicara –todavía más– a escuchar con su oído interno, el del alma, el sonido que proviene del universo.

Así pues, la 5ª sinfonía viene a reafirmar lo que ya se venía anunciando en la 3ª. Es decir, desde el Allegro con brio: las cuerdas, los metales y los tambores, in fortissimo, impactan profundamente nuestros oídos, he ahí la guerra y la devastación. Sin embargo, casi inmediatamente, un diminuendo nos devuelve a la tranquilidad, tan ligera y agradable como una declaración de amor.

De este modo fluimos forzosamente entre lo que parece en un inicio ser una agresiva tormenta para pasar intempestivamente a una ligera brisa. Beethoven nos muestra lo difícil que es luchar con esos demonios que nos aquejan y lograr que el amor por la vida se consagre.

Y Schelling lo entiende así también; la música–cosmológica nos re-presenta el cosmos como un receptáculo de lo real y lo ideal indiferenciadamente. En Schelling como en Beethoven, el ritmo y la armonía crecen y se expanden para completar la imagen sublime del origen divino del cual provenimos.

En el mundo de los planetas predomina el ritmo, sus movimientos son melodía pura; en el mundo de los cometas predomina la armonía. Así como todo el mundo moderno sucumbe en general a la fuerza centrípeta del universo y al ansia hacia el centro, así también los cometas cuyos movimientos expresan una mera confusión armónica sin ritmo alguno, y, en cambio, así como la vida y la acción de los antiguos era como su arte expansiva, centrífuga, es decir, era en sí absoluta y rítmica, de modo parecido también en los movimientos de los planetas predomina la fuerza centrífuga, la expansión de lo infinito en lo finito. (F. W. J. Schelling, 1803).

Tanto el cosmos como la obra de arte, reúnen lo infinito y lo finito. Esto es así porque en la figura del poeta: la libertad y la necesidad, la vida y la muerte se con-funden; y es en el límite entre la una y la otra en que habita y crea el verdadero artista.

 

En la siguiente entrega terminaremos nuestra reflexión sobre Beethoven.