Avatar 3: fe y maternidad 

Quizás debería crearme una sección para todas esas películas cuya reseña he realizado y no fue publicada, pero las consecuencias de escribir en chats resaltan en casos como éstos en que ya no recuerdo cuál sí y cuál no. Pero la última que en definitiva se suma a este listado, y que en mi vasta autocrítica de buscarle aspectos positivos a todos los filmes, reseñé positivamente, es Avatar 3. Vista en premier por un antojo repentino, y luego de nuevo, pero en 4DX, ya si no lograba sacarle algo de jugo a la movie es que de plano estaría mala, pero aquí está un poco de lo que a través de las tres horas y media me hizo eco:

Sin duda, la travesía de James Cameron para completar su gran proyecto de Pandora tiene garantizada una gran conclusión. Así llegó este diciembre el estreno de “Avatar: Fuego y Cenizas”, la tercera entrega que sigue a Jake Sully y su familia, cuya premisa continúa el punto donde terminó “El camino del agua”: con los Sully refugiados en el clan Metyakina, luego de vencer temporalmente a la RDA: viviendo la perdida de Netayem, el primogénito de Jake (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldaña), donde Lo’ak (Britain Dalton), el segundo hijo, se culpa por su muerte, mientras que Neytiri externa su dolor culpando a los humanos y en especial a Spider (Jack Champion), el joven humano.

En este sentido, si la estrenada en 2009 planteó las semillas del mundo de Cameron, y “El camino del agua” se enfocó en la crisis paterna por parte de Sully, así como la crisis identitaria de la adolescencia, “Ceniza y fuego” es absolutamente dominada por los personajes femeninos, donde los ejes claves radican en la fe y la maternidad: es el duelo de Neytiri por su hijo fallecido, y su conflicto como cuasimadre adoptiva de Spider; es la duda de Kiri (Sigourney Weiver) sobre su vínculo con Eywa, la deidad de Pandora; es la codicia de Varang (Oona Chaplin), líder del clan saqueador y la nueva antagonista; es la envidia y convicción de Ronal (Kate Winslet) hacia el final de su embarazo; incluso es el cuestionamiento de principios en la matriarca de los tulkun (ballenas pacíficas).

Y la transición discursiva no resulta forzada ni impositiva, sino un tratamiento natural y lógico en un planeta matriarcal, en un momento de esta historia de largo aliento donde su protagonista no presenta un crecimiento como personaje, por lo que el guion de Cameron, Rick Jaffa y Amanda Silver se apoya en el resto para generar conflicto y avanzar argumentalmente; área que sin duda muestra mejorías respecto a las entregas anteriores, buscando el equilibrio necesario para que los arcos de la historia tengan sentido y no sean simples catalizadores; o detallando aún más a Pandora y sus diversos clanes, pero sin que esto sea mero recurso visual, y donde, más allá del conflicto ecológico Na’vi-humano, la reflexión del ser o la trama predecible, la gran protagonista finalmente vuelve a ser esta tierra inexplorada (como se aprecia en las escenas finales).

Quizás eran necesarias dos películas para que “Avatar: Fuego y Cenizas” pudiera concretarse de la manera en que se logró, garantizando entonces el avance en la producción del cuarto largometraje y preproducción del quinto que cierre el ciclo, en especial en un momento donde las casas del streaming le están apostando a producciones de alto impacto, con proyecciones limitadas en salas de cine para cubrir el criterio de la temporada de premios, terreno donde las tres horas del largometraje de Cameron pasan volando, atrapando al espectador sin aburrirlo. Y aunque aún hay áreas donde puede reforzarse el largometraje, como el abuso de fundidos en negro, o quedarse a poco de convertir la subtrama de Kiri en un paralelismo religioso, sin duda la número 3 fue la idónea para acudir al cine en temporada decembrina y disfrutar de una buena película con reflexiones sutiles, actuaciones mejoradas y efectos de antemano bien logrados.

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