Últimamente se habla mucho de los libros que más se venden y de los libros que no se venden. Pues bien, yo voy a hablar de cinco libros que, aun siendo brillantes, se han vendido regular.
Los que me leen habitualmente, si es que hay alguno, que, la verdad, no lo sé, podrían decir que de estos libros ya he hablado, y yo podría contestarles que sí, que ya hablé de ellos en su día y que voy a seguir hablando (de ellos) mientras pueda.
El primero que me viene a la cabeza es uno que todavía no he podido quitarme de la cabeza, el Verano del 96 de David de Juan, una historia que inaugura un nuevo género, la literatura teseica, un género donde el detective es el propio lector, y el misterio a resolver la propia novela.
«A partir de aquí la tía Marisol hizo algo de lo más extraño: empezó a enseñarnos nuestra ciudad. Con maneras de guía turística, nos mostró el edificio donde trabajó de costurera antes de, el soportal en el que se citaba con sus amigas cuando, la cafetería ―un restaurante chino ahora― donde. Y decía nombres como si supiéramos quiénes eran o como si nos importara quiénes fueron. Aquella esquina, aquel beso y aquel novio tan joven y tan bien puesto que iba para piloto del ejército».
Cierro los ojos y me acuerdo de Lejana y rosa, una novela que se desborda con la naturalidad de lo cotidiano. Rosario Izquierdo nos embruja una vez más con una técnica deliciosa, con unos juegos literarios fascinantes y con la magia de los inspirados.
«Lo escuchaba muy atenta, las inflexiones en su voz ronca, el matiz metálico de sus silencios, su respiración agitada cuando coronábamos andando alguna elevación de tierra. La distancia entre nosotros parecía haberse hecho inamovible y sólida, casi mineral, pero me quemaba hasta los huesos. Tenía que hacer grandes esfuerzos para que no se diera cuenta del temblor. Me lanzaba corriendo hacia abajo y lo dejaba solo. Sonaba su voz llamándome desde las tierras amarillas. Yo lo esperaba en lo rojo oscuro, en la negrura, haciendo esfuerzos para no abalanzarme hacia él con mi orfandad impulsiva».
Después de Rita es punto y seguido. El punto es pausa. Es ritmo. El punto es armónico. «Por un instante. Sólo un instante. Por un instante se hace presente. Deja de ser espectro. Y es real. Mi padre. Un instante. Real».
Después de Rita es minimalista, esteticista, vanguardista. Apuesta por un estilo directo, puro, rotundo.«Sesenta años. Pelo platino. Un tatuaje en el brazo. Dedicado a alguien llamado Antonio. Voz de Ducados. Tetas fellinianas. Inmensas en su generoso escote. Ésa es Purificación».
Después de Rita te invita, te provoca, te inspira. «Esto lo cambia todo. Intento abrir los ojos, pero no puedo. He empezado a llorar. Las lágrimas me inundan los ojos. Pican. Me dejan ciego. Un hipo idiota se apodera de mí. Me caen los mocos. Lloro histérico. Lloro rojo. Lloro gritos».
Y no me olvido de La ciudad en invierno, una ciudad invernal donde todos somos víctimas. En este viaje nos encontramos con el miedo y con el asco pero también con el placer que estos pueden generar. Clara no sabe lo que quiere pero sí sabe lo que desea. O tal vez solo sabe lo que no desea. «Siente el miedo agarrado al pecho, y también ese prurito de placer que le viene nada más despedirse de sus compañeras y tomar la amplia avenida». Clara tiene «la certeza de acercarse a algo que le pertenece por completo. Algo oscuro, desconocido e inmenso», y «cuando decide volver a su casa, la noche se ha hecho ya enorme».
Quizá Maneras de vivir se ha vendido mejor que regular, pero aun así se ha vendido regular porque ―para mí― es el libro total, ese que debería gustar a todo el mundo.
«Nadie lo escuchaba. Oía las idas y venidas de los dos hombres, sus voces roncas y a ratos violentas. De vez en cuando pedía agua, pero tardaron muchas horas en darle de beber. Le ardía la garganta, y la sed le provocaba alucinaciones. Llegó a desear una muerte rápida. Le horrorizaba sufrir una agonía lenta».
Cinco libros. Tan diferentes. Tan semejantes. Por supuesto tengo muchos más en la cabeza, y el día menos pensado les doy bola.
