Ahí no hay nada… Aquí no hay nadie

Twitter: @aldoalejandro

La importancia del sueño está escondida en la debilidad de las piernas y las molestias en las articulaciones. En la horizontal empieza a perder la consciencia y su mente, de forma involuntaria, danza al ritmo del viento con la cortina, ahí, en el segundo nivel, acosado por el viento de esa luna.

Ya no hay hormigueo en las extremidades y tampoco percibe la apertura de las puertas. El dolor en el pecho ofrece un poco de tregua y la cerradura, sin la llave, ofrece la oportunidad de un giro, pero el acero es engañoso. Todos lo saben.

Las sombras del exterior, esas, las de las voces, avanzan hacia el otro extremo de la calle conforme sus dueños, al menos quienes creen serlo, abandonan la piel diurna y para adecuarse a su rol de vigías revisan, observan, dudan. 

No hay rincón sin escudriñar y los ojos felinos atestiguan bajo los autos, en las cornisas, desde los árboles. 

Ahí no hay nada… aquí no hay nadie.

***

Encontró un campo de trigo. Lo sabe por el tamaño y forma de las espigas. 

Aparecieron de la nada mientras se dirigía al Danubio porque estaba empecinado en beber. El reto murmura de los Cárpatos y el oriente de esa Europa desconocida y tan al alcance. La vereda termina y entonces se encuentra con otros y otras en espera de satisfacer también la necesidad de continuar andando. 

Un poco de polvo pretende cubrir sus pasos y en la silueta del conjunto destellan ocasionales ráfagas de luz. Pronto lloverá.

Ignora la presencia de los otros y tampoco le interesan las manos extendidas surgiendo a la vera: no tiene nada por ofrecer, deberán mantener el hambre de sus bocas y las heridas de sangre reseca hasta encontrar a alguien con la capacidad de acercarles, al menos, un trozo de pan rancio y duro. El mismo servirá para callar el hedor de sus bocas y descubrir las intenciones de las alas malignas. 

A nadie engañan.

Si fueran inteligentes sabrían de la imposibilidad de aquellos para impedir un posible ataque porque, en esta oscuridad, no hay forma de eludirles. Por fortuna son solo bestias al servicio de seres no menos repugnantes y vacíos; necesitan órdenes para seguir y amos para alimentarles. Por eso apenas babean ante la visión de alimentos y no saben cómo reaccionar sin las indicaciones adecuadas. Imbéciles.

Una mano toma la suya y le vuelve. Hay un reclamo en silencio y una punzada de dolor asoma a los ojos y llega al suelo para humedecer una semilla cuyo nacimiento jamás será: la roca recién descubierta se encargará de impedir la llegada del sol y la posible oportunidad de vida, eso es un hecho, tanto como la inmediata posesión de arrepentimiento… como el deseo de olvido… 

***

Conforme avanzan, descubren caminos cubiertos de sangre. Trozos de carnes y otros compuestos están aquí y allá, como una gran mesa cubierta de viandas exquisitas para un ejército de carroñeros alados cuya búsqueda desde lo alto del viento es satisfecha con manjares de diversas proporciones y acelerados artilugios.

La piel se ha endurecido. El rastro de los hechos sigue a la espalda y decibeles de dolor dan cuenta de ello. Las manos están frías y el ocre ha perdido cualquier resto de humedad. Una piel reseca y hedionda acampa en su cuerpo y las plantas de los pies desnudos caen sin sentido entre viscosidades y entrañas de los miles que antes eran. 

Cómo le gustaría alcanzar la flor de un cerezo y arrojarla para entender un poco de la vida, envolver en el otoño las hojas secas de todos esos seres imaginarios mientras danzan permitiendo un poco de frenesí en esta hora final. 

La primera vez no le gustó el aroma, pero recuerda y sabe: no había perfume más hermoso, cuando vivía le encantaba el jazmín.  

Está de pie y es verdugo entre llamas y lamentos y gemidos y dolores. Desnudo.

Siente sostener algo y eleva el brazo al alcance de las cuencas vacías y de alguna forma mira un tulipán negro marchitar. Tras sí alguien aún vive y maldice el sonido de este infierno. 

Gira un poco su cabeza pero mantiene la vertical del cuerpo y el poderío del torso. Le molesta la interrupción y quien sea responsable deberá asumir las consecuencias. Nadie debe importunar cuando un monstruo recuerda, por un momento al menos, la belleza de una flor marchita en manos de sangres secas…

***

Hace semanas preparó la tierra y colocó el espécimen con la suficiente humedad y espacio al frente, así sería la primera en ser acariciada por el sol y la lluvia. 

De tanto en tanto asomó a la puerta y sonrió porque crecía despacio, pero firme. Una vez vio sus hojas y hace días un bulbo del cual surgiría una maravillosa flor, sin duda. ¿Cuál era el color? No recuerda y no puede mantener la duda. 

Deja todo y va a revisar. Tras el movimiento de la cortina solo hay restos de una maceta y una planta muerta en medio de nada. 

La rabia provoca el llanto y un repentino odio libera el resto del aire atrapado en los pulmones. Fue su responsabilidad. Ahoga el coraje y trata de arrancar el corazón del pecho culpable mientras se derrumba entre el llanto, al dureza del plexo y la falta de oxígeno.

Entonces salta, arrincona, pliega sus piernas al pecho y respira. 

Despertó. Para su desgracia, sigue vivo…