Aferrar el tiempo a la palabra

Amigos míos:

Les escribo esto a varios pies de altura, llevándome en las maletas un montón de inexpresables ocurrencias que me vienen en los viajes; les escribo un poco cansado, impactado por el montón de luces que han emergido en estos días, por las posibles bifurcaciones de futuros que sobrevienen, que me emparedan, que rigen en mí una sola vez aquí en la tierra.

Hace un rato, hablaba con un apreciable y joven poeta (poeta, sin embargo) sobre la importancia de pensar la poesía como una posición del «ser en el mundo», más allá de cualquier posición metafísica/ontológica que se quiera mencionar en ella. El más importante vial de quien escribe poesía, pensábamos, es el hecho de que en esa práctica lo que siempre gana es el «ser aquí», la expresión del momento ceñido al ente que lo vive.

Este encuentro con el «ser aquí» que es la poesía según la conversación que hace unas horas tuve (y que indico un poco también en la columna de la quincena pasada) me ha recordado, de todas las cosas a las que podría recordarme, aquella sentencia de Merleau-Ponty que Octavio Paz expropió en su teoría poética, y que puedo parafrasear como «lo único que el ser tiene de sí mismo es la percepción, la temporalidad, lo que está a la mano.»

Si hago caso, entonces, a esa sensación de origen existencialista/fenomenológico, todo lo que soy se manifiesta en las circunstancias que me ciñen: en los caracteres que tecleo ahora, en la visible molestia del señor que tiene que soportar la indiscreta lámpara a mi lado, en el estrecho asiento de avión donde tecleo. Lo que soy, a fin de cuentas, es mi entorno.

Pero mi entorno también soy yo: mi historia, lo que traigo desperdigado en la cabeza, la irritación en mi estómago; ése y el otro entorno se encuentran quizás en el momento de escribir el poema, y esto que soy «yo» se conjuga o absorbe en aquello que es «tú» cuando me lees: leer al otro es una manera particular de aprehenderlo en el contexto, de hacerlo simultáneo. Conversación en la penumbra, como decíamos hace un rato.

¿De qué se trata, entonces, la actividad empecinada que es la poesía? Para uno que la escribe, la pregunta es más bien sencilla: se trata de decir «yo» y apropiarse del momento: hacer un ejercicio de reflexión sobre aquello que se vive desprendiéndose de la forma usual en que se vive: ponerse en escena.

Para el lector, quizás, lo que funciona sea el extrañamiento: hacer propio algo ajeno, absorber algo de un «otro» que a fin de cuentas está en uno mismo, imborrable. Leer un poema es escribirse en un poema, o qué sé yo.

Diez mil pies de altura hacen que uno, gente apreciada, se pase de profundo.

Lo cierto es que, estando aquí, no puedo saber mucho más que las divagaciones empedernidas que traigo en este momento, que las cosas que imagino mientras estoy anhelando allá, lejos, que el servicio de catering me atienda.

Somos más mundanos de lo que quisiéramos siempre y todo lo que pensamos, sean preguntas o ya incluso respuestas, es provisional.

En un mundo de provisionales existe, sin embargo, la maravilla de al menos poder tentarnos en palabras, escribirnos, y vivir un tiempo alterno dentro de nuestra práctica literaria.

Chance.

Hasta la que viene.