Acto de engaño: un gusto no declarado

La naturaleza ha implantado sabiamente en el hombre

 la propensión a dejarse engañar con gusto. 

Kant

 

Cuando observamos con cuidado la sociedad que hemos construido, no será difícil ver en ella lo engañosa que ha resultado. Desde los asuntos políticos hasta los amorosos, la sociedad se experimenta desde el engaño.

Por ejemplo, los procesos políticos que demarcan las trampas de las que son presas las personas que confían; personajes del ámbito popular que al puro estilo del mago, ilusionan a poblaciones enteras con tal de ganarse el voto.

No se diga en el contexto del entretenimiento o la cultura popular, donde habremos de ubicar la manera sutil con la que el engaño se cuela en los hogares, y de ahí el favorecimiento al sector económico respecto a los alcances consumistas.

En recientes fechas ubicamos el engaño en el tema de la seguridad en nuestro país, donde se nos dice una cosa y la realidad que se vive diariamente sugiere otra: piense usted en el caso de los 43 o los periodistas desaparecidos, en la guerra contra el narco, etc.

Lo que vemos es la facilidad con la que el sujeto es capturado por el engaño; el engaño de que las cosas van marchando bien en el país, de que aquí no pasa nada, solo pasa en el país vecino.

Tanto es así la propensión al engaño, que como señalara Kant, hasta parece que hay un gusto por sujetarse al mismo.

Pero, ¿qué representa el engaño para una persona? El engaño favorece que un sujeto ponga atención a un objeto –fenómeno o acción-, al que se le supone la ilusión de poseerlo.

Pensemos en el acto de magia por excelencia, aquel del conejo en el sombrero. Cuando la persona es llevada o invitada –y es en la invitación donde radica el verdadero engaño, tómese nota al respecto-, a sacar al conejo, representación de la cosa o lo que sea que ocupa el lugar de objeto de deseo, con lo que se va a encontrar una vez que mete la mano en el sombrero, es con la sorpresa de que ahí hay nada.

La sorpresa de sentir el vacío es lo que se localiza en la experiencia del sujeto; no hubo algo que tomarse, no existe algo de que asirse, solo vacío y nada más.

El engaño se ubica precisamente en la invitación como decíamos, no tanto en la experiencia de si hay o no hay, después de la invitación se trata del efecto que cobra el acto en el sujeto.

Esto es, que el sujeto ha de pagar con algo de sí, la invitación-engaño de tomar algo que creyó puede ser suyo. Cada quien paga con lo que tiene. Algunos pagan con dinero, otros con dignidad, se dicen. Incluso los hay quienes pagan con la vida el costo que tiene alienarse al acto del engaño.

Los efectos del acto de engaño son sujetos des-ilusionados, obviamente. Lo que quiere decir, personas que pierden la ilusión, la pagan en la fe depositada al mago que les invita a meter la mano en el sombrero.

Se trata entonces de actos de ilusionismo.

Freud (El porvenir de una ilusión, 1927) decía algo esclarecedor al respecto: Como estamos dispuestos a renunciar a buena parte de nuestros deseos infantiles, podemos soportar que algunas de nuestras expectativas demuestren ser ilusiones.

Basándonos en lo anterior, se tienen las ilusiones y con ellas el engaño que se repite en uno y en otro contexto del sujeto para hacer soporte. En resumen, el engaño permite soportar la tremenda realidad de haber renunciado en algún tiempo a los verdaderos deseos.

Y como eso fue posible de alguna manera se vive en el sujeto contemporáneo, el neurótico de lo cotidiano, una traición a sí mismo, la cual como es lógico esperar, ha de pagarse.

De ahí el gusto no declarado por la persona, a saberse engañado, vivir el engaño, o en uno que le permita fugarse de la tremenda realidad que es, la renuncia a sus verdaderos deseos.

Prefiere seguir metiendo la mano en el sombrero aún sabiendo que lo volverán a engañar, porque al fin y al cabo acto, de lo contrario estaría mirándose al espejo, retorciéndose en la paradoja de la vida: desear y no tener.

Paradoja que como reconociera Lacan (Escritos 2, 1966), no es el privilegio del neurótico… así como también no es algo con lo que pueda no vivirse, de hecho, continua Lacan, es más bien el hecho de que tenga en cuenta la existencia de la paradoja en una manera de enfrentarla.

Agregaremos al final: el problema parece ser que el sujeto actual no se enfrenta a su paradoja existencial –desear y no tener, querer algo y no luchar por eso-, sino que se prende al acto mágico ilusionándose con el encuentro del conejo.