Tuve tres citas el fin de semana. Lo digo y siento que mi yo adolescente me mira desde el fondo con una revista Tú del año 2006. Con glitter en los párpados. Con una lista de compatibilidad amorosa arrancada de la última página. Con la certeza científica de que algún día un hombre la elegiría y entonces ocurriría la felicidad.
Qué criatura tan obediente.
Qué creyente.
Nací en 1997. El mismo año en que Meredith Brooks salió a decir que era perra, amante, niña y madre. Yo nací mientras alguien cantaba una contradicción por la radio. Quizá por eso nunca aprendí a escoger un solo personaje. La santa me aburría. La musa me quedaba chica. La novia era una talla que nunca terminaba de cerrarme en la cintura. A los veintinueve años sigo acumulando versiones de mí misma como si fueran tarjetas de presentación. Escritora. Romántica. Ridícula. Deseante. Sobre todo deseante.
Durante años nos enseñaron a ser deseadas. A posar. A esperar. A convertirnos en paisaje. Qué extraño entrenamiento. Como si una mujer fuera una casa en venta. Como si el amor fuera algo que sucede mientras una permanece quieta.
Anaïs Nin escribió diarios eróticos. Madonna publicó Erotica. Carrie Bradshaw escribía columnas sobre la vida fumando frente a su computadora. Las Hechiceras hacían magia, se enamoraban, se equivocaban y aun así encontraban tiempo para salvar el mundo antes de la cena. Todas parecían decir lo mismo desde distintos canales de televisión.
Desear también es una forma de existencia.
Pero la cultura tiene una relación complicada con las mujeres que hablan en primera persona. Quiere nuestros cuerpos. Quiere la fotografía. Quiere la musa.
El domingo por la noche pensé en eso. Después de tres citas. Después de algunos besos. Después del sexo. Pensé en la cantidad de historias de amor que consumí como quien consume vitaminas. Pensé en Marilyn Monroe, Paris Hilton y en todas las mujeres convertidas en fantasía colectiva. Y entendí que no estaba buscando una historia. La historia ya estaba ocurriendo. Lo escandaloso nunca fue el sexo. Nunca fue el deseo. Nunca fue siquiera la contradicción. Lo escandaloso es una mujer diciendo: esto lo elegí yo.
A los veintinueve años empiezo a sospechar que crecer consiste en abandonar una pregunta. ¿Quién me desea? Y reemplazarla por otra. Más difícil. Más honesta. Más peligrosa. ¿Qué deseo yo?
